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De los Andes al Mediterráneo: Mi travesía hacia Malta.

· 16 min de lectura
Luis Miguel Báez
Systems and Computer Engineer at UNAL and ACM-ICPC contestant

La planificación de esta aventura comenzó alrededor de abril de 2024, respaldada por un año y medio previo de austeridad y ahorro. Mi meta principal para ese año era romper la barrera del idioma: quería superar mi frustrante nivel A1-A2 y alcanzar un sólido B2 en inglés. Los métodos de estudio tradicionales me aburrían y no habian sido nada efectivo en mi progreso, por lo que decidí sumergirme en un entorno donde el inglés fuera lengua oficial y nativa. Sabía que sería una inversión mayor, pero confiaba en que sería la vía más efectiva para aprender.

Exploré diversas opciones con la mente abierta, priorizando la accesibilidad económica frente a los costosos destinos tradicionales como Estados Unidos, Canadá, Inglaterra o Australia. En la investigación que hice, me dio tres candidatos prometedores y populares entre las agencias de idiomas: Sudáfrica, Jamaica y Malta. Inicialmente, mi hermano Nacho, quien tomaba clases con una profesora jamaiquina, me animó a considerar el Caribe y por momentos me visualicé allí. Sin embargo, al profundizar en internet, Malta cobró protagonismo. Se destacaba como un destino europeo asequible y muy popular entre la comunidad latina, con abundantes reseñas y testimonios que validaban la experiencia.

Para sortear el engorroso trámite de visado, descubrí Vivirse, una agencia con excelente reputación y gran cantidad de contenido sobre la isla. Su modelo de negocio me convenció de inmediato: yo pagaba el curso directamente a la escuela elegida y esta se encargaba de cubrir los honorarios de la agencia por la gestión de los trámites, evitándome costos extra por el servicio. Tras contactarlos, me explicaron detalladamente el proceso y los requisitos, tales como demostrar fondos suficientes para siete meses de estancia y adquirir los tiquetes de ida.

Solicité un tiempo de espera de un mes para analizar presupuestos y evaluar las escuelas antes de realizar el pago. Justo antes de finalizar el plazo, apareció una gran oportunidad: AM Language, una de las escuelas más costosas, lanzó una promoción de invierno con un 50% de descuento sobre sus tarifas de verano. Sin dudarlo, aproveché esta oferta para concretar mi viaje.

A finales de agosto, aproveché la oferta y realicé el pago del curso. De inmediato, Vivirse me envió una guía detallada con el cronograma y la lista de requisitos para la visa, incluyendo la reserva de la primera semana de alojamiento en Airbnb y los tiquetes aéreos. El acompañamiento de la agencia fue constante y fundamental durante esta etapa.

El proceso de reunir y traducir los documentos al inglés fue un verdadero desafío que me tomó varios fines de semana. Pasé por tres rondas de revisión con la agencia, corrigiendo observaciones y ajustando detalles una y otra vez, hasta que finalmente logré completar el check list con todos los requisitos necesarios.

Para cumplir con la exigencia de los tiquetes, me recomendaron una estrategia logística: compré los trayectos por separado para hacer una escala intencional de tres días y conocer Madrid. El primer vuelo, el LA1604 de Latam, saldría de Bogotá rumbo a Madrid el 22 de enero de 2025 a las 2:10 p.m.; el segundo, el FR5382 de Ryanair, partiría de Madrid hacia Malta el 25 de enero a las 10:00 a.m. Esta combinación, incluso sumando los días de alojamiento en España, resultó más económica que las opciones de vuelo directo ofrecidas por las agencias.

Dado que Malta no cuenta con embajada en Colombia, Vivirse me ayudó a agendar la cita con la empresa encargada de recolectar la documentación. Me presenté en su oficina en Bogotá a principios de noviembre de 2024; allí revisaron mi carpeta, aceptaron los documentos y retuvieron mi pasaporte para el trámite. Aproximadamente un mes después, entre la primera y segunda semana de diciembre, recibí un paquete en la casa de mis padres, con una gran noticia: llegó mi pasaporte con la visa aprobada.

Viaje de Bogotá a Madrid

Tras pasar los últimos días en familia en Circasia, Quindío, llegó el momento de partir. Mi madre y mi padrastro decidieron acompañarme hasta Bogotá para despedirme; tomamos un bus dos días antes del vuelo y llegamos a la capital de madrugada. Dado que mis vacaciones laborales comenzaban oficialmente el día del viaje, tuve que trabajar ese último día desde la casa de mi hermano Andrés Felipe. Por la noche, nos trasladamos a un Airbnb para descansar antes del viaje.

A la mañana siguiente, como el vuelo estaba programado para las 2:10 p.m., aprovechamos para reunirnos con mi hermano Juan. Compartimos un café y disfrutamos de nuestros últimos momentos juntos antes de mi partida. Alrededor de las 9:00 a.m., tomamos un Transmilenio desde la estación de Ciudad Universitaria rumbo al Aeropuerto El Dorado, llegando unos 30 minutos después.

Tuvimos que esperar una hora antes de poder entregar el equipaje de bodega. Durante ese tiempo, noté que mi vuelo había cambiado de Latam a Iberia; aunque no recibí una explicación oficial, supuse que se debió a una unificación de vuelos por disponibilidad. Realicé el check-in y, tras una espera final, llegó la emotiva hora de la despedida a las 12:00 p.m. Entre sentimientos encontrados y tristeza, nos tomamos las últimas fotos antes de cruzar migración y dirigirme a la sala de espera.

El abordaje comenzó cerca de la 1:00 p.m. Ya en el avión, un avión grande de tres filas, nos entregaron almohada, cobija y auriculares. El acento español de los auxiliares de vuelo me confirmó que mi aventura europea había comenzado. El despegue se realizó sin contratiempos y, unos 40 minutos después, viví un momento de profunda nostalgia al ver en la pantalla del GPS que sobrevolábamos el pueblo de mis abuelos y mi lugar de nacimiento.

Durante el vuelo nos sirvieron arroz con pollo, ensalada y postre. Al caer la tarde, las luces de la cabina se atenuaron y pude ver el sol ocultándose en el horizonte sobre el océano. A pesar de intentar descansar, la ansiedad y la incomodidad de la silla no me permitieron dormir. Pasé el tiempo intentando ver películas sin lograr concentrarme; sentía que el viaje se hacía eterno. Finalmente, tras casi 10 horas, 8.030 kilómetros recorridos y una altura máxima de 12.518 metros, aterrizamos en el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas alrededor de las 6:10 a.m. Tuve que pasar por migración: había fila para europeos y no europeos, así que fui hacia la de no europeos. Al llegar mi turno me preguntaron el motivo del viaje; les expliqué que estaría 3 días en Madrid y que luego continuaría a Malta para estudiar inglés. Como llevaba visa de estudiante, no me pusieron ningún problema y me sellaron el pasaporte sin inconvenientes.

Primeras horas en Madrid

Una vez con mi maleta en mano, busqué una zona con conexión a internet para comprar una eSIM y asegurar la conexión con Google Maps. Decidí esperar unas dos horas en el aeropuerto, ya que al ser invierno, el sol salía tarde y aún estaba oscuro. Cerca de las 9:00 a.m., me dirigí a la estación de metro, compré mi tarjeta y puse rumbo a Los Rosales, en el sur de Madrid, donde se ubicaba mi alojamiento.

Como el check-in estaba programado para las 3:00 p.m., contacté a la anfitriona, quien amablemente me permitió llegar antes para dejar el equipaje. Me sorprendió mucho de ese primer trayecto en metro; me sentí seguro y me sorprendió la limpieza, el silencio y la multiculturalidad de la ciudad.

Conociendo Madrid

Tras un viaje de 45 minutos, llegué a la estación de metro Villaverde Bajo-Cruce. El día me recibió gris y con una ligera llovizna, por lo que esperé unos 15 minutos hasta que escampó para caminar hacia el Airbnb guiado por el GPS. Aunque se trataba de un barrio popular, la zona me pareció muy linda; allí empecé a percibir el auténtico ambiente madrileño y disfruté mucho del recorrido.

Unos diez minutos después, llegué a la ubicación indicada, pero no lograba encontrar el acceso. Contacté a la anfitriona, quien me vio desde la ventana y me indicó que la entrada se encontraba en la parte posterior del conjunto residencial. Al llegar ví un gran portón, lo empuje pero la cerradura se resistió un poco; tuve que forcejear un par de veces hasta lograr abrirla. Ya en el apartamento, la señora fue muy amable: me explicó el funcionamiento de todo y me aconsejó tener precaución con los carteristas/cosquilleo en el sistema de transporte. Salí de inmediato a buscar desayuno y, tras consultar el GPS, encontré un supermercado cercano donde compré algo para comer.

Posteriormente, tomé el metro rumbo al centro histórico y fuí hacia la estación Puerta del Sol. Hacía bastante frío, con una temperatura entre 10 y 12 grados. Caminé por la zona turística, sorprendido por la belleza, limpieza y elegancia de la ciudad. Me dejé llevar sin un rumbo fijo, tomando muchas fotos y disfrutando cada instante.

Durante el recorrido visité la Plaza del Sol, la Plaza Mayor y sus alrededores, la Plaza de Oriente, el Palacio Real, el Congreso de los Diputados, la Real Academia Española, Callao y el Parque de El Retiro con su Palacio de Cristal. Hice una parada estratégica en el Mercado de San Miguel, donde había una feria de Jamón Ibérico. Aproveché para almorzar un plato de tres tipos de jamones acompañados de queso y hierbas; fue una porción ligera pero deliciosa. Continué explorando la ciudad hasta las 9:30 p.m.

Para el día siguiente, organicé un tour por los dos estadios más importantes de la ciudad: el Santiago Bernabéu del Real Madrid y el Riyadh Air Metropolitano del Atlético de Madrid. Sentía una mezcla de nostalgia y emoción por visitar estos templos deportivos, escenarios del fútbol español que marcaron mi infancia y adolescencia.

Tour de Estadios

A las 10:30 a.m. salí de la estación Villaverde Bajo-Cruce rumbo a la estación Santiago Bernabéu, llegando cerca de las 11:30 a.m. La primera impresión fue impactante: el estadio lucía muy diferente a lo que recordaba de la televisión debido a las recientes remodelaciones que le daban un aspecto totalmente renovado. Recorrí los alrededores tomando fotos y visité la tienda oficial, que funciona como un pequeño centro comercial de acceso gratuito. Al averiguar sobre el tour interior, descubrí que debido a obras de mantenimiento solo estaba habilitada una pequeña parte del recinto, pero el precio se mantenía en 35 EUR. Consideré que era costoso para una visita parcial, así que desistí y opté por caminar los alrededores, explorando la zona desde Nueva España hasta Cuatro Caminos.

A las 4:30 p.m., tomé el metro en Cuatro Caminos hacia la estación Estadio Metropolitano. Arribé a las 5:10 p.m. a un lugar bastante solitario, frío y nublado. Aunque el estadio del Atlético de Madrid estaba cerrado, disfruté de unos 40 minutos recorriendo sus exteriores y fotografiando las zonas accesibles. Cerca de las 5:50 p.m. emprendí el regreso al Airbnb; ya era hora pico y el metro comenzaba a llenarse. Sentía el cansancio acumulado del viaje y quería descansar para mi vuelo a Malta. Al llegar, coincidí con la anfitriona, quien me aconsejó una ruta más rápida para la mañana siguiente: combinar tren y metro en lugar de usar solo el metro.

Rumbo al Aeropuerto

Tenía que estar en el aeropuerto a las 8:00 a.m., por lo que salí del alojamiento a las 6:00 a.m. Caminé unos 500 metros hacia la estación de tren Villaverde Alto en total oscuridad. El trayecto me generó cierta tensión, ya que iba cargado con todo mi equipaje y me crucé con grupos de personas que regresaban de fiesta. Al llegar a la estación, tuve problemas para entender la máquina de boletos, pero un guarda de seguridad notó mi confusión y me ayudó a comprarlo. Tras una espera de 15 minutos, abordé el primer tren, que iba medianamente lleno.

El viaje tuvo su dosis de adrenalina: debía bajar en la estación Sol, pero mis datos móviles eran lentos y no conocía la ruta. Intenté preguntar a otros pasajeros extranjeros sin éxito, hasta que un chico africano, al escucharme, me indicó amablemente que esa era mi parada justo cuando las puertas estaban por cerrar; tuve que salir corriendo para lograr bajarme.

Conexión y Despegue

En Sol, intenté hacer válido el transbordo gratuito al metro con el boleto del tren, tal como me indicó la anfitriona. Tuve un momento incómodo al no encontrar el tiquete frente a una señora que pensó que intentaba colarme, pero finalmente apareció y ella me ayudó a ingresar. Tomé el metro hacia Nuevos Ministerios y allí hice trasbordo a la línea del aeropuerto hasta la estación T1-T2-T3, donde pagué el suplemento obligatorio de 3 EUR.

Como volaba con Ryanair, me dirigí a la Terminal 1 tras caminar por un pasillo interminable. Llegué al mostrador de check-in alrededor de las 7:30 a.m.; la fila era corta y despaché mi equipaje sin contratiempos. Esperé poco más de una hora hasta que, a las 8:40 a.m., las pantallas anunciaron la puerta C36 para el vuelo RYR5382. El llamado a embarque fue a las 9:20 a.m.; con calma, esperé sentado a que la larga fila avanzara antes de ingresar. Ya a bordo, nos informaron de un retraso debido al clima, y finalmente despegamos rumbo a Malta a las 10:30 a.m., con media hora de demora respecto al itinerario original.

Vuelo de Madrid a Malta

Durante el vuelo, el cansancio se mezclaba con la emoción y los nervios de saber que ya estaba por llegar a mi destino. Logré dormir apenas una hora, pero me mantuve atento a la ventana; entre zonas nubladas y claros, divisé una isla alargada y muy peculiar que captó mi curiosidad. Más tarde descubrí que se trataba de Formentera, ubicada al sur de Ibiza.

Llegada a Malta

Aterricé en el Aeropuerto Internacional de Malta el domingo 26 de enero de 2025, alrededor de las 12:35 p.m. Un autobús nos trasladó desde el avión hasta la terminal y, tras cruzar un largo pasillo, llegué a la zona de arribos. Allí me conecté al internet del aeropuerto para contactar al conductor de la agencia, un colombiano con quien había coordinado previamente por WhatsApp. Él nos recogió a mí y a otra chica colombiana que viajaba en el mismo vuelo.

Como mi alojamiento estaba más cerca, fui el primero en ser llevado. Durante el trayecto, tuve mi primer contacto con la arquitectura maltesa; sus edificios antiguos y el estilo colonial de las casas me dejaron una excelente primera impresión. Al llegar frente a la casa, el conductor me entregó una mochila con un adaptador de corriente (de tipo A a tipo G británico) y una tarjeta SIM, aunque no pude instalarla en ese momento por no tener la herramienta de extracción a la mano.

Con ayuda del conductor ingresé por la puerta principal del edificio; luego él se despidió y se marchó. Subí hasta el tercer piso —que para un colombiano equivaldría al cuarto, ya que en Malta los edificios comienzan a contar desde la planta baja o piso cero—. Las instrucciones del anfitrión para entrar al apartamento no eran claras, por lo que tardé unos diez minutos en descifrarlas. Al ingresar, me quedé esperando en la sala, ya que no sabía cuál era mi lugar asignado. El lugar funcionaba como un alojamiento compartido tipo hostel: un apartamento amplio con tres habitaciones equipadas con camarotes, dos baños, cocina y sala, con capacidad para 14 personas (6 hombres y 8 mujeres).

Instalación y reconocimiento de la zona

Unos 40 minutos después llegó uno de los encargados. Al saludarlo con mi inglés básico, notó mi acento y rasgos latinos e inmediatamente me preguntó: "¿Eres colombiano?". Resultó ser un compatriota que llevaba tres meses en la isla estudiando y realizando un voluntariado en el alojamiento. Fue muy amable, me asignó mi cama y me explicó las normas de la casa. Guardé mi computador en el locker de seguridad.

Cerca de las 2:45 p.m., salí a explorar el vecindario. Caminé cinco cuadras hasta la playa para disfrutar de las vistas y luego ubiqué el Lidl, el supermercado más popular de la isla por sus buenos precios bajos, similar al D1 en colombia, que afortunadamente quedaba cerca. Compré la cena y el desayuno para el día siguiente y regresé al Airbnb. En el apartamento conocí e hice unos amigos: una colombiana, un argentino, un chico de Túnez y un ruso-alemán un poco raro pero muy buena onda. Agotado por el viaje, dejé todo listo y me fui a descansar.

Primer día de clases

El lunes 27 de enero me levanté temprano, lleno de expectativas por mi primer día. Preparé el desayuno y caminé hacia la escuela, guiándome con Google Maps; había elegido el alojamiento estratégicamente por su cercanía. Debía estar allí a las 8:00 a.m.

El grupo de nuevos estudiantes estaba conformado por unas ocho personas de varias nacionalidades: Alemania, Polonia, Corea y yo, el único colombiano. Fuimos divididos por niveles y yo quedé asignado al grupo A2 (Pre-intermedio). Nos reunieron en un salón donde la directora de AM Language, de origen indio, nos dio la bienvenida totalmente en inglés. Allí nos explicaron el proceso académico y me entregaron el material de estudio: el libro Outcomes de National Geographic.

El inicio de las clases

Tras la reunión de bienvenida, a las 9:00 a.m., llegó el momento de mi primera clase. Me dirigí con una mezcla de nervios, ansiedad y emoción al salón número 5, ubicado en el primer piso. Casi todos los estudiantes ya estaban allí y la sesión comenzó cinco minutos después. Aunque me presenté con timidez debido a mi nivel básico, logré hacerlo con fluidez. Éramos un grupo diverso de seis personas: Otto, un joven alemán de unos 20 años que también era nuevo en el curso ese día; Marina, de Brasil; Iza, de Perú; Brigitte, de Alemania; Enzo, de Italia; y yo.

La profesora, Martine, era de origen francés, pero tras vivir mucho tiempo en países angloparlantes, tenía un gran dominio del idioma, casi nativo. Su energía contagiosa hizo que la clase fuera muy interesante y divertida; además, su pronunciación era muy clara que logré entender la mayor parte de lo que decía.

Como es costumbre los lunes, iniciamos un nuevo tema: el capítulo 9 del libro, titulado “Your place”. Durante la jornada, aprendí y practiqué vocabulario sobre el clima, el entorno urbano y el tráfico, además de frases comunes en inglés. En total fueron tres horas de aprendizaje, divididas en un primer bloque de 9:00 a 10:30 a.m., seguido de un descanso de media hora, para retomar de 11:00 a.m. a 12:30 p.m.


Nota del autor: Esta historia y las experiencias vividas son reales y de mi autoría. Sin embargo, utilicé herramientas de Inteligencia Artificial para pulir la redacción, mejorar la gramática y asegurar que la lectura fuera más fluida.