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Entre el Danubio y el Sava: Memorias de un Verano en el Este

· 35 min de lectura
Luis Miguel Báez
Systems and Computer Engineer at UNAL and ACM-ICPC contestant

En agosto de 2025, mientras vivía en Malta, mi visa de estudiante expiraba el día 10 y debía tomar una decisión importante: comprar los pasajes de regreso a Colombia o activar los tres meses adicionales permitidos como turista en Europa. Como aún no quería irme, opté por la segunda opción. La regla era estricta: para cambiar mi estatus migratorio, debía salir del espacio Schengen antes de la fecha límite de expiración y volver a entrar después del 10 de agosto.

Un mes antes comencé a evaluar destinos fuera del espacio Schengen, como Andorra, Albania y Macedonia (Esta última recomendada por mi amigo Yohan). Sin embargo, al ser pleno verano y no haber reservado con antelación, los precios de vuelos y hospedajes estaban por las nubes. Fue entonces cuando surgió la oportunidad perfecta: los vuelos hacia Serbia y Hungría estaban notablemente económicos en comparación con las otras opciones, probablemente por no tener mar.

La idea cobró fuerza gracias a Alexander, un amigo italiano con raíces serbias y bosnias que vivía conmigo. Me recomendó el destino con entusiasmo y me dio una lista de lugares imperdibles. Confiando en su criterio, compré mis vuelos de ida y vuelta a Belgrado por Wizz Air con un mes de antelación. Reservé un Airbnb para los primeros tres días en la capital serbia, pero dejé el resto de la semana abierta. Tenía varias opciones sobre la mesa: ir a Novi Sad (la segunda ciudad más poblada de serbia), a Niš (Ciudad histórica y turística) o incluso a Pristina, la capital de Kosovo. Sobre esta última, Alexander fue tajante: me aconsejó evitarla a toda costa, advirtiéndome que podía ser peligroso y que era una zona complicada debido a la disputa territorial con Serbia.

La decisión final sobre el itinerario quedó en suspenso hasta el último momento. Mi amigo Michael debía realizar el mismo viaje una semana antes que yo, ya que su visa venció antes. No podíamos viajar juntos tambien porque compartíamos responsabilidades en un voluntariado: mientras uno viajaba, el otro debía quedarse a cargo. Un conocido colombiano nos había sugerido combinar Serbia con Hungría, y Michael decidió probar esa ruta, regresando a Malta desde Budapest.

Cuando Michael regresó, llegó fascinado. Me contó que Belgrado le había encantado, pero que Budapest había sido una locura total. Su experiencia inclinó la balanza. Descarté otras opciones y armé mi ruta definitiva: tres días en Belgrado, un día en Novi Sad y dos días en Budapest, reservando el alojamiento en Hungría a última hora. Todo estaba listo para la aventura.

Rumbo a los Balcanes

Llegó el gran día, el 9 de agosto. Me presenté en el Aeropuerto Internacional de Malta alrededor de las 5:20 PM, con tiempo de sobra para mi vuelo de Wizz Air programado para las 7:10 PM. Tras pasar los controles de seguridad y esperar la asignación de la puerta, me dirigí a la sala 14. El embarque comenzó a las 6:30 PM y, con una precisión casi perfecta, despegamos a las 7:11 PM rumbo a Belgrado.

Aterrizamos en el Aeropuerto Nikola Tesla cerca de las 9:10 PM. La fila de migración era extensa pero fluida, ya que la mayoría de los viajeros eran locales serbios. Cuando llegó mi turno, el control fue sencillo: me preguntaron en inglés el motivo del viaje, respondí "turismo" y, sin más complicaciones, sellaron mi pasaporte. Ya había caído la noche y, con la prisa de no llegar demasiado tarde a mi alojamiento, tuve que resolver la logística básica rápidamente. Necesitaba moneda local, el dinar serbio (1 EUR equivalía a unos 117 dinares), así que utilicé una máquina automática en la salida para cambiar 20 euros con mi tarjeta de crédito, lo justo para moverme esa noche. También aproveché el Wi-Fi del aeropuerto para comprar una eSIM de 1 GB por 4 euros y asegurar mi conexión.

Primeras impresiones de Belgrado

Google Maps me indicó una ruta de dos autobuses para recorrer los 18.8 km hasta mi Airbnb. Al subir al primero, noté algo curioso: no había torniquetes ni máquinas validadoras. Recordé entonces que mi amigo Michael me había comentado que el transporte público en Belgrado era gratuito. Me bajé en la parada del estadio Belgrade Arena alrededor de las 10:20 PM y caminé hacia la conexión para el segundo bus, que me dejaría en el centro, a unas diez cuadras de mi destino.

Durante el trayecto, la ciudad me atrapó de inmediato. Me sentí seguro rodeado de una arquitectura fascinante, una mezcla de edificios europeos clásicos y estructuras de estilo socialista-yugoslavo que recordaban a la era soviética que habia visto en videos. Me llamó mucho la atención ver letreros tanto en alfabeto cirílico como latino. Luego aprendí que el idioma serbocroata utiliza ambos: el cirílico, más tradicional y formal para trámites gubernamentales, y el latino, más común en la tecnología y en el dia a dia.

La odisea del Airbnb

Llegué a mi parada final cerca de las 11:00 PM. Las calles ya estaban vacías y encontrar el ingreso al Airbnb fue una pequeña aventura. La ubicación en el mapa era confusa y la puerta del edificio parecía cerrada, hasta que descubrí que solo necesitaba un empujón fuerte para ceder. Las instrucciones indicaban subir al tercer piso, pero no conté con que la numeración aquí comenzaba en cero (planta baja), por lo que terminé un piso más abajo. Al no encontrar la caja de llaves, toqué el timbre equivocado y una persona me respondió de mal humor por el intercomunicador que allí no era.

Corregí el rumbo y subí un piso más por las escaleras oscuras, iluminando el camino con la linterna de mi celular. Al fondo vi dos cajas de seguridad; la segunda se abrió con la contraseña que me enviaron. ¡Por fin! Entré al apartamento, dejé las llaves en su lugar y encontré a tres huéspedes en la sala. Solo una chica hablaba inglés y amablemente me indicó cuál era la habitación número 2.

Eran las 11:15 PM, pero el hambre apremiaba. Afortunadamente, encontré un supermercado 24 horas a solo dos cuadras. Compré lo necesario para la cena y el desayuno, regresé a la habitación a las 11:40 PM y me preparé algo de comer. Finalmente, alrededor de las 00:30 AM, pude irme a dormir, listo para explorar la ciudad al día siguiente.

La Fortaleza de Kalemegdan y el Encuentro de los Ríos

El 10 de agosto, con las energías recargadas, salí a las 10:00 AM dispuesto a visitar el centro histórico. Mi primer objetivo era la Fortaleza de Kalemegdan, ubicada a unos 2.4 km de mi alojamiento. Aunque Google Maps sugería una ruta en bus, me topé con la realidad de las obras públicas: muchas calles del centro estaban cerradas por reparaciones. Tras esperar 20 minutos en la parada sin éxito, una turista me contó que la ruta estaba cancelada. Por lo que, decidí caminar. Fue una decisión acertada, ya que atravesar a pie el barrio Stari Grad (el casco antiguo) me permitió admirar su arquitectura bajo un sol de verano de unos 28 grados.

Al llegar a la fortaleza, me recibió una inmensa zona verde. Lo primero que capturó mi atención fue la vista panorámica: el imponente encuentro entre el río Danubio y el río Sava. Mientras descansaba en la sombra y comía algo, vi pasar un grupo de turistas con un guía. Sin dudarlo, me uní disimuladamente al grupo. El guía, un serbio con muy buen inglés, narraba las múltiples destrucciones y reconstrucciones que ha sufrido la fortaleza a lo largo de la historia.

Justo en la entrada, ocurrió algo curioso: un turista de una delegación japonesa se me acercó y me pidió una foto... Accedí sin problema y procedí a ingresar. El lugar es una mezcla fascinante de historia militar y capas de civilizaciones: vi antiguas prisiones, restos romanos, medievales, otomanos y austrohúngaros. Subí al "Upper Town" para ver el Monumento al Víctor (Pobednik) y la Torre Sahat (una torre de reloj otomana). El recinto es un museo al aire libre con tanques, aviones y cañones.

Hospitalidad Inesperada

De regreso en el barrio Stari Grad, noté algo que me hizo sentir diminuto: la gente en Serbia es altísima. Yo mido 1.85 metros, pero veía hombres y mujeres mucho más altos que yo por todas partes.

Hacia la 1:30 PM, el hambre apremiaba. Busqué un restaurante en Google Maps. Una anfitriona muy amable me sugirió el plato más tradicional: “Ćevapi u lepinji con kajmak” (minisalchichas de carne en un pan alargado, con papas a la francesa, cebolla morada y una crema blanca típica). Mientras esperaba, me distraje con mi celular y perdí la noción del tiempo. De repente, la anfitriona se acercó para disculparse por una demora que yo ni había notado debido a un imprevisto en la cocina. Cuando llegó la comida, estaba deliciosa, pero la verdadera sorpresa llegó con la cuenta: el mesero se disculpó nuevamente y me dijo que, por la espera, la casa invitaba la comida; solo pagué la bebida. Fue un gesto de servicio al cliente impresionante.

Belgrado Moderno y el Barrio Bohemio

Con el estómago lleno, caminé hacia la Plaza de la República y luego rumbo al Belgrade Waterfront, la zona de negocios a orillas del río Sava. Es un contraste total con el casco antiguo: edificios altos, modernos y un malecón impecable. El calor era intenso, así que me refugié en el centro comercial Galerija (Kula Beograd), uno de los más grandes de los Balcanes. Allí, disfruté del aire acondicionado y de un espectáculo curioso: un grupo de italianos haciendo malabares con masa de pizza en un carrito de golf.

Continué mi ruta hacia el Puente Gazela y el imponente Monumento a Stefan Nemanja. Finalmente, me dirigí a Skadarlija, el famoso barrio bohemio. Sus calles empedradas y su arquitectura conservada son el hogar de las kafanas (tabernas tradicionales). Vi un restaurante que ostentaba con orgullo su puesto número 48 entre los mejores del mundo.

Decidí volver a Skadarlija por la noche, alrededor de las 9:00 PM, para vivir el ambiente real. Las calles estaban llenas de vida, con música en vivo saliendo de los restaurantes y gente disfrutando de la noche. Tras empaparme de la vibra nocturna y ver a los artistas callejeros en el centro, regresé al Airbnb a las 10:00 PM, cerrando un día lleno de historia, caminatas y sorpresas.

Cambio de Planes: Del Museo Tesla a la Torre Gardoš

Al día siguiente, mi plan inicial era visitar el Museo de Nikola Tesla, que afortunadamente quedaba cerca de mi Airbnb. Sin embargo, al llegar me encontré con una fila de unas 30 personas y una logística estricta: solo permitían el ingreso de un grupo cada hora. Tras esperar 40 minutos y ver que no lograría entrar en el siguiente turno, decidí no perder otra hora esperando y activé el "Plan B": visitar el Belgrade Arena y la Torre Gardoš.

Tomé un bus y en 30 minutos estaba frente al estadio más emblemático de la ciudad. Es una estructura imponente, completamente cerrada y moderna, dedicada principalmente al baloncesto y al tenis, los dos deportes nacionales de Serbia. Aunque estaba cerrado al público, valió la pena verlo por fuera, rodeado de banderas serbias y luciendo impecable.

Desde allí, tomé otro bus hacia Zemun, un antiguo municipio que con el tiempo se ha fusionado con Belgrado, aunque conserva su propia identidad. Me bajé al norte, en la Avenida Cara Dušana, y caminé hacia el sur durante media hora para sentir el ambiente de esta zona residencial y tranquila. Mi destino era la Torre Gardoš, una estructura histórica construida por el Imperio Austrohúngaro sobre las ruinas de una fortaleza medieval. Desde su mirador, disfruté de una vista privilegiada de los tejados de Zemun, el Danubio y la silueta de Belgrado a lo lejos.

Para cerrar la tarde, bajé hacia el malecón del río, donde descansan las lanchas y abundan los restaurantes. Me quedé un buen rato contemplando el Danubio mientras caía el atardecer. A las 5:50 PM, cansado pero satisfecho, regresé a casa; al día siguiente debía madrugar para viajar a la segunda ciudad más importante del país.

Rumbo a Novi Sad: Una Lección sobre Precios y Autobuses

El 12 de agosto el despertador sonó a las 6:00 AM. Una hora después ya estaba en camino a la terminal de transportes Beogradska Autobuska Stanica. Me sorprendió encontrar una terminal moderna, equipada con máquinas táctiles tipo tablet para comprar los pasajes.

Allí aprendí una curiosa lección sobre el transporte serbio. Para el mismo trayecto a Novi Sad, los precios variaban drásticamente entre 5 y 20 euros. Elegí una de las opciones más económica (640 dinares, unos 5.50 EUR) y entendí el motivo cuando llegó mi transporte: un autobús bastante viejo de la empresa Božur. Mientras los buses caros eran modernos, el mío era una reliquia, pero eso le daba su encanto.

Salimos puntuales a las 8:30 AM. El viaje de una hora y diez minutos reveló el paisaje de la región de Voivodina: llanuras interminables, cultivos de maíz y carreteras rectas sin montañas a la vista. A las 9:38 AM llegamos a la terminal de Novi Sad bajo un sol espléndido.

Explorando la "Atenas Serbia" y la Fortaleza de Petrovaradin

Novi Sad me recibió con una atmósfera más conservadora y tranquila que Belgrado. Caminé por el Bulevar oslobođenja hacia el Stari Grad (que, al igual que en la capital, significa Casco Antiguo). La zona estaba impecable, con edificios hermosos y bien conservados. Pasé por el Dunavski Park, un parque apacible lleno de estatuas y locales disfrutando la mañana.

El siguiente reto fue cruzar el largo puente sobre el Danubio bajo un sol intenso para llegar a la Fortaleza de Petrovaradin. El acceso requirió subir unos 500 metros de escaleras y atravesar unos túneles peatonales que, admito, eran bonitos pero algo oscuros y lúgubres.

El esfuerzo valió la pena al llegar a la cima. Lo primero que vi fue la famosa Torre del Reloj, el símbolo de la fortaleza. El lugar ofrece una vista espectacular; incluso había un monocular gratuito con el que pude observar con detalle a la gente caminando por las calles de Novi Sad, al otro lado del río.

De la Fortaleza a la Plaza de la Libertad

Exploré la Fortaleza de Petrovaradin durante un buen rato. Es un complejo inmenso con jardines, plazas y edificaciones históricas; su ubicación estratégica explica por qué se construyó allí, regalando una vista privilegiada de la región. A eso de las 11:40 AM, rodeado de familias de turistas, decidí descender y regresar a la ciudad.

Hacia las 12:20 PM llegué a la plaza principal, la Trg slobode (Plaza de la Libertad). Es un lugar hermoso, flanqueado por una iglesia imponente, edificios gubernamentales y restaurantes elegantes. Sin embargo, para almorzar busqué algo más casual en la calle Laze Telečkog, famosa por sus bares y comida rápida. Allí pedí un burrito mixto de carne y cerdo con ensalada y una limonada. Me sorprendió gratamente que los vendedores manejaran un inglés básico, lo que facilitó mucho la comunicación.

Nostalgia Universitaria a Orillas del Danubio

Con energías renovadas, caminé hacia el estadio Karađorđe, el más grande de la ciudad. Se notaba su antigüedad, al igual que la galería adyacente. Justo al lado descubrí la Universidad de Novi Sad (Univerzitet u Novom Sadu). Al ingresar al campus, sentí un déjà vu instantáneo: me recordó muchísimo a mi alma mater, la Universidad Nacional de Colombia.

Al igual que en casa, las paredes estaban llenas de grafitis y expresiones artísticas. Aunque el campus estaba casi desierto debido a un paro estudiantil y protestas recientes, el acceso era libre, sin rejas ni restricciones. Caminé entre sus zonas verdes y campos deportivos, disfrutando de la belleza del lugar con el Danubio corriendo justo al lado.

Explorando la Vida Local y una Larga Espera

De regreso hacia el norte, hice una pausa en el Danavski Park para descansar del calor y la caminata. Luego continué hacia Omladinski Pokret, un barrio puramente residencial. Quería sentir el ritmo de vida real de la gente local. Era una zona muy tranquila, rodeada de tiendas y supermercados. Noté que, a diferencia de Belgrado, aquí el transporte público no es gratuito; vi pasar buses articulados antiguos, parecidos a un Transmilenio (De Bogotá) de un solo vagón.

Cerca de las 8:00 PM, mientras oscurecía, llegué a la terminal de transporte para asegurar mi pasaje a Budapest, ya que la compra online había fallado. Las noticias no fueron buenas: el siguiente bus salía hasta la 1:30 AM. Sin otra alternativa, compré el tiquete y me resigné a una espera de cinco horas y media en una sala casi vacía, sin guardias de seguridad y con solo tres personas más.

Un Encuentro Inesperado

Alrededor de las 10:00 PM, una mujer de unos 55 años entró desde la calle y se me acercó. Me habló primero en su idioma, probablemente serbocroata, pero al decirle que no entendía, me respondió en un inglés sorprendente, mucho mejor que el mío. Me contó que llevaba 15 años viviendo en la calle y que tenía hambre.

En lugar de darle dinero, le ofrecí comprarle algo en la máquina expendedora. Ella eligió un ponqué y un jugo, lo que costó unos 234 dinares (aproximadamente 2 euros). La máquina devolvió otros 2 euros de cambio y, en un movimiento rápido, la mujer casi me rapó las monedas de la mano, diciendo que eso también le servía, y se marchó hacia la salida. Aunque me pareció un gesto de mal gusto, no dije nada. Eran mis últimos dinares serbios y, como ya iba rumbo a Hungría, no los iba a necesitar.

Una Espera Incómoda y el Rescate del Bus

La espera en la terminal se hizo eterna. Evité usar el celular para no agotar la batería ni mis datos móviles, que reservaba estrictamente para los mapas. Para matar el tiempo, recorrí la pequeña terminal y su zona verde, donde otras cuatro personas aguardaban el mismo bus. La situación se complicó cuando intenté ir al baño: solo aceptaban efectivo y yo me había quedado sin un solo dinar tras el encuentro con la mujer sin hogar; al no aceptar euros, no tuve más remedio que aguantar.

A la 1:15 AM, finalmente apareció el bus proveniente de Belgrado. Éramos unos ocho pasajeros esperando para abordar. Subí, dejé mis maletas en mi asiento y corrí al baño del bus, sintiendo un alivio inmediato. Me acomodé y traté de dormir, pero una hora y cuarenta minutos después, el conductor gritó algo en serbio. Todos empezaron a bajar: habíamos llegado a la frontera con Hungría. Bajé con mi equipaje —como decimos en Colombia, para "no dar papaya"— y seguí siguiendo a los demas.

Tensión en la Frontera

Los guardias nos indicaron en inglés formar una fila. Pasamos por detectores de metales y escáneres corporales antes de entrar a un salón frío, cerrado y sin sillas. La mayoría, serbios o ciudadanos europeos, pasaban el control en cuestión de segundos. Yo, que quedé casi al final de la fila, empecé a sentirme mal.

La mezcla del encierro, la falta de aire, la madrugada y el ayuno prolongado me jugaron una mala pasada: se me empezó a bajar la tensión. Bebí agua y respiré profundo, luchando por no desmayarme ni ponerme pálido justo cuando llegaba mi turno; no quería que los agentes pensaran que ocultaba algo ilícito, cuando en realidad solo me faltaba el oxígeno y comida.

Al entregar mi pasaporte y explicar que iba de turismo a Budapest, la atmósfera se tensó. Para ellos, ver a un latinoamericano cruzando por tierra no debía ser común. Se tomaron su tiempo e incluso llamaron a Malta para verificar mi estatus migratorio. Fueron diez minutos largos bajo la mirada de todos los demás pasajeros, impacientes por la espera. Finalmente, los agentes me miraron, sellaron mi pasaporte sin decir más y pude volver al bus.

Amanecer Húngaro: Un Nuevo Mundo

Logré dormir otro rato hasta que desperté cerca de las 5:00 AM. A lo lejos, el sol comenzaba a despuntar, revelando un paisaje totalmente nuevo. Mis primeras impresiones fueron excelentes: autopistas de primer nivel, limpieza y una modernidad que contrastaba con lo que había visto antes. Los letreros en la carretera ya mostraban un idioma extraño y fascinante para mí: el húngaro.

Pasadas las 5:30 AM, vi un estadio imponente y moderno al fondo —más tarde supe que era el Groupama Arena—. Solo unos minutos después, el conductor anunció la llegada (en un idioma que no logré descifrar) y todos comenzamos a descender. Había llegado a Budapest.

Amanecer en Népliget: Pizza y una Siesta Interrumpida

Al bajar del bus, activé mis datos móviles; por fortuna, Hungría es parte de la Unión Europea y mi plan de Malta funcionaba sin problemas. Confirmé mi ubicación: estaba en la terminal de buses de Népliget. Aún estaba oscuro y, aunque el transporte público ya operaba, preferí esperar a que saliera el sol.

Aproveché para desayunar. Pregunté en un local si aceptaban tarjeta o Wise y, tras confirmar que sí, pedí un trozo de pizza. Me costó 580 florines húngaros (HUF), aproximadamente 1.50 EUR. Me pareció una ganga, mucho más barato que cualquier sitio normal en Malta.

Cerca de las 6:00 AM, el cansancio del viaje me venció. Fui a la sala de espera, abracé mi maleta para asegurarla e intenté dormir como otros viajeros que estaban allí. Logré descansar una hora hasta que un guardia de seguridad nos despertó. Primero me habló en húngaro, pero al ver mi cara de confusión, cambió a un inglés muy cortés para decirme que no estaba permitido dormir allí. Sin más remedio, me levanté.

El Metro, el Parlamento y el Misterio del Agua

Pasadas las 7:00 AM, me dirigí al metro. Noté que no había torniquetes ni controles de seguridad, pero no quería repetir un error que cometí en Italia por accidente, así que fui directo a las máquinas. Seleccioné el idioma inglés y compré mi tiquete por 500 HUF (1.30 EUR). Mi destino: la estación Kossuth Lajos tér, justo en el corazón de la ciudad.

Llegué a las 8:10 AM y contacté a la anfitriona del Airbnb para ver si podía dejar las maletas. Su respuesta fue un rotundo "no"; las reglas eran estrictas y el check-in era a las 3:00 PM. No me quedó otra opción que turistear con maleta en mano.

Al salir de la estación, el cansancio pasó a un segundo plano. Frente a mí se alzaba el imponente Parlamento Húngaro. Su arquitectura, una mezcla renacentista y barroca, lucía impecable y casi nueva gracias al equipo de limpieza que trabajaba con hidrolavadoras a esa hora. Había muy pocos turistas, solo el sonido ocasional de un tranvía pasando.

Fui a un supermercado cercano para armar un segundo desayuno: sándwiches y jugo de naranja. También compré una botella de litro de lo que supuse era agua. Gran error. Al probarla, me di cuenta de que era un agua saborizada con un sabor extrañísimo. El problema es que todo el etiquetado estaba en húngaro y, por pereza de traducir, elegí al azar. Para no desperdiciar, me la tomé igual.

Infiltrado en el Tour y Curiosidades Arquitectónicas

Recorrí el barrio Lipótváros, una zona espectacular de arquitectura historicista y ecléctica. Recordé un dato que me dio mi amigo Michael: en Budapest existe una regulación de altura para preservar el perfil histórico, lo que explica por qué los edificios mantienen una uniformidad tan armoniosa. Otro detalle que noté es que el idioma húngaro domina visualmente la ciudad; hay muy pocos letreros en inglés, lo que me obligaba a depender de Google Maps para todo.

Mientras caminaba, escuché algo familiar: español. Vi un grupo de turistas (españoles, chilenos, mexicanos y colombianos) liderados por una guía española muy carismática que llevaba cinco años viviendo allí, según le escuché. Sin dudarlo, me hice el "loco" y me uní al grupo. Fue una decisión brillante. Durante dos horas, aprendí muchísimo sobre la Primera y Segunda Guerra Mundial y los hitos de Budapest, todo gracias a la energía contagiosa de la guía.

Refugio contra el Calor y la Rueda de la Fortuna

Al mediodía, el calor apretaba. Compré un almuerzo listo para llevar (pasta con arroz) en un supermercado SPAR y busqué refugio en la plaza Vörösmarty. Allí descubrí unos sistemas de pulverización de agua instalados en la calle que liberan una niebla refrescante. Me senté a comer y a descansar bajo el rocío artificial.

Luego caminé hacia el parque Erzsébet tér, donde una gigantesca rueda de la fortuna de 65 metros contrastaba con los edificios clásicos. Paseé por los alrededores haciendo tiempo hasta las 2:45 PM, momento en el que, totalmente agotado, me dirigí al Airbnb.

El Laberinto del Edificio Antiguo

El edificio del Airbnb era antiguo y de techos altísimos. La entrada fue una pequeña prueba de ingenio: empujé varias puertas hasta dar con la correcta. Al entrar, vi a alguien subir al ascensor, pero no alcancé a tomarlo. Me tocó esperar a que bajara y descubrí que era una reliquia tecnológica con doble puerta (una del piso y otra del ascensor), lento pero funcional.

Al llegar al tercer piso, me encontré con tres puertas idénticas sin números ni letreros. Toqué en una y nadie salió. Toqué en la siguiente y, por suerte, apareció la anfitriona. Tras llenar unos formularios y recibir las llaves, ingresé al apartamento donde había otros dos huéspedes. Dejé mis maletas y me recosté un momento... que se convirtió en horas. El cansancio acumulado me venció y caí dormido profundamente hasta las 7:00 PM.

Suerte, Atardeceres y Dos Ciudades en Una

Decidido a aprovechar al máximo el resto del día, salí a caminar y me topé con una curiosa estatua de metal: “A Kövér Rendőr”, o el "Policía Gordo". Existe la tradición turística de frotar su gran barriga para atraer la buena suerte, así que no dudé en cumplir con el ritual. Continué mi ruta hacia la Plaza de San Esteban (St. Stephen’s Square). Aunque la imponente iglesia católica ya estaba cerrada, pude admirar su fachada impecable bajo la luz de la tarde.

Con el sol aún en el cielo, me dirigí al famoso Puente de las Cadenas Széchenyi para cruzar hacia el otro lado del río. Es fascinante recordar que Budapest es, en realidad, la unión de dos ciudades históricas separadas por el Danubio: Buda y Pest. Desde la orilla de Buda, fui testigo de un espectáculo visual inolvidable: el sol se ocultó tras el edificio del Parlamento Húngaro y, poco a poco, las luces del puente y de la arquitectura monumental se encendieron. Me quedé allí, hipnotizado por el panorama, hasta que dieron las 9:00 PM.

Ritmo Latino a Orillas del Danubio

Al cruzar el puente de regreso hacia mi alojamiento, algo detuvo mis pasos: escuche una canción colombiana de salsa. La curiosidad me llevó a seguir el sonido hasta un bar al aire libre ubicado justo al cruzar el puente. Resultó ser una escuela de baile que por las noches funcionaba como bar. El ambiente era una mezcla increíble; calculé que la mitad de los asistentes eran locales húngaros y la otra mitad latinos y españoles. Entre la multitud, distinguí claramente acentos de Cuba, República Dominicana y, por supuesto, Colombia.

La vibra era muy sana y acogedora; la gente se sacaba a bailar sin necesidad de conocerse, así que me animé a hacer lo mismo. Invité a la pista a una señora húngara de unos 50 años. Para mi gran sorpresa, bailaba bachata con una destreza impresionante; aunque yo me defiendo bien bailando, ella estaba en otro nivel. Luego bailé con su amiga, de la misma edad, quien demostró la misma habilidad técnica. Fue una lección de humildad y ritmo. Tras disfrutar de dos piezas y de ese inesperado calor latino en el corazón de Europa, me retiré a descansar, cerrando el día con una sonrisa.

Tesoros de Budapest: Del Parlamento a la Cima de Buda

El 14 de agosto amanecí renovado y listo para el "plan fuerte" del viaje. Comencé regresando al Parlamento Húngaro, pero esta vez para explorarlo a fondo. Visité su museo, donde se exhiben piezas originales que han sido reemplazdas del edificio a lo largo de los años.

Desde allí, crucé nuevamente el Puente de las Cadenas Széchenyi, dejando atrás Pest para adentrarme en Buda. Mi destino era el Budai Várnegyed (el Barrio del Castillo de Buda). El acceso al recinto del castillo fue libre, lo que me permitió recorrer sus calles medievales impecables y visitar joyas como el Bastión de los Pescadores y la Iglesia de Matías. Al estar ubicado en una loma alta, el lugar me regaló una vista inmejorable del Danubio y de la ciudad de Pest extendiéndose al otro lado del río.

Ajedrez en el Parque: El Legado de las Polgár

Tomé una ruta detrás del castillo, pasando por el Parque Gellért con la intención de subir a la Colina Gellért (Gellért Hill), una elevación de 235 metros. En el camino, un detalle en un parque infantil capturó mi atención: entre las zonas verdes había mesas de madera con tableros de ajedrez fijos en ellas.

Ver esto me trajo a la mente la increíble historia de las hermanas Polgár (Susan, Judit y Sofía), las ajedrecistas húngaras formadas por su padre László que revolucionaron el juego entre los años 80 y 90. Susan fue campeona mundial, Judit es considerada la mejor jugadora de la historia (la única mujer en el top-10 mundial absoluto) y Sofía también destacó por su notable talento. Esas mesas en el parque eran un testimonio silencioso de la gran cultura de ajedrez que se respira en Hungría.

La Cascada y el Regreso a Pest

Continué mi caminata hacia Tabán, un gran parque urbano lleno de espacios verdes donde varios grupos de turistas disfrutaban del paisaje. Me dirigí hacia la ladera del monte para ver la imponente Estatua de San Gerardo Sagredo (St. Gerard Sagredo Statue), un punto popular para las fotografías. A unos 50 metros de allí: una hermosa cascada artificial de unos 20 metros de altura. Me quedé allí un buen tiempo, respirando aire fresco y contemplando las vistas panorámicas.

Hacia las 2:00 PM, descendí para cruzar el Puente Erzsébet, situado en el punto más estrecho del Danubio en la ciudad. De regreso en Pest, dediqué la tarde a recorrer el área histórica, buscando aquellos rincones que no había logrado ver en los días anteriores. Pasé por fuera de una de las sedes de la Universidad Eötvös Loránd y seguí explorando la arquitectura de la ciudad hasta que, cerca de las 9:00 PM, regresé al Airbnb para descansar tras un día inolvidable.

Despedida y Camino al Estadio

El 15 de agosto llegó el momento de decir adiós a Budapest. Tenía el check-out esa mañana y un viaje nocturno programado hacia Belgrado para tomar mi vuelo de regreso a Malta al día siguiente. Me levanté a las 9:00 AM y, mientras preparaba el desayuno, conocí a una chica hispano-mexicana que también estaba en la cocina. Compartimos experiencias de viaje; ella estudiaba en España y llevaba diez días disfrutando de sus vacaciones en la ciudad.

A las 10:30 AM, con todo listo, salí rumbo a la estación de metro Deák Ferenc tér. Descendí unos impresionantes 30 metros por las escaleras eléctricas para tomar la línea roja. Tras unos 20 minutos, llegué a la estación Puskás Ferenc Stadion, donde me recibió un pequeño mercado campesino a la salida.

Caminé cerca de un kilómetro hacia la zona deportiva, que alberga dos colosos: el Papp László Budapest Sportaréna (un coliseo multiusos para deportes bajo techo y conciertos) y mi objetivo principal, el majestuoso Puskás Aréna, hogar de la selección húngara de fútbol. En el camino, me topé con una pancarta política muy curiosa que ridiculizaba a Volodímir Zelenski y al político húngaro Péter Magyar, con la frase en húngaro “Mint két tojás” (“Idénticos como dos huevos”), una muestra del humor y la tensión política local.

Adentro del Puskás Aréna: Historia y Emoción

El estadio, reconstruido para la Eurocopa 2020, lucía impecable y moderno. Al ser mediodía de un día laboral, estaba bastante tranquilo. Encontré la oficina de tours abierta y me llevé una grata sorpresa: la entrada costaba 4000 HUF (unos 11.90 EUR), una ganga comparado con lo que cobran en estadios como el Santiago Bernabéu. Compré mi tiquete para el turno de la 1:30 PM y aproveché la espera en el aire acondicionado viendo algunos documentales y fotos históricas de Ferenc Puskás, la leyenda del fútbol húngaro, que ofrecían en la sala de espera.

El tour, guiado en húngaro e inglés, fue una gran experiencia de unos 60 minutos. Recorrimos las entrañas del estadio:

  • Zona Interna: Los vestuarios y la zona mixta, incluyendo una cancha sintética de calentamiento dentro del camerino.
  • Experiencia de Jugador: Caminamos por el túnel de salida hasta llegar al borde del campo y sentarnos en los banquillos.
  • Zona de Prensa: Aquí la guía nos contó una anécdota famosa: fue en esta sala, durante la Euro 2020, donde Cristiano Ronaldo apartó dos botellas de Coca-Cola y dio un grito de "¡Agua!", un gesto que se volvió viral mundialmente.
  • Vistas: Subimos a los palcos VIP y a las gradas generales para apreciar la inmensidad del recinto.

Como aficionado al fútbol, estar allí fue uno de los momentos más emocionantes del viaje. Fue mi primera vez en un estadio de clase mundial y la infraestructura me dejó sin palabras.

En Busca del Budapest Auténtico

Al terminar el tour, quise cambiar de ambiente y conocer el ritmo de vida real de la ciudad. Tomé el metro hacia Örs vezér tere, una zona comercial y de transporte en el oriente de la ciudad. Desde allí, caminé hacia el barrio Alsórákos, un sector residencial de clase media-baja.

Me sorprendió gratamente: era una zona muy verde, tranquila y con casas bonitas. Mientras caminaba, pensé: "Podría vivir acá sin ningún problema". Tras media hora de exploración, regresé a la estación.

Un Picnic de Despedida

Intenté visitar la Plaza de los Héroes (Hősök tere), pero un concierto para esa noche y las vallas de seguridad me impidieron el paso. Sin complicarme, opté por ir al Városliget City Park, un gigantesco parque urbano. Hice un pequeño picnic con mis snacks, disfrutando de mis últimos instantes en la ciudad bajo la tarde de verano.

Pasadas las 5:00 PM, me dirigí a la terminal de buses de Népliget. En el trayecto, compré por internet mi pasaje de regreso a Belgrado. El bus salía a las 7:00 PM; mi aventura en los Balcanes estaba entrando en su recta final.

Preparativos en Népliget

Llegué a la terminal de buses de Népliget alrededor de las 6:00 PM. Al principio no lograba ubicar la zona de salida de la empresa "Tierra Travel", pero un empleado que hablaba inglés me orientó hacia el lugar correcto. El bus aún no había llegado, así que aproveché la espera para ser precavido. Recordando el mal rato que pasé en la frontera en la venida por no haber comido bien y no encontrar nada abierto por ser de noche, fui a una pequeña tienda cercana y me aprovisioné bien: compré bananos, manzanas, agua y dos botellas de Gatorade.

El bus llegó a las 6:40 PM. La logística fue ordenada: una persona recibía el equipaje y otra verificaba los tiquetes en una planilla. Afortunadamente, hablaban algo de inglés; encontraron mi nombre en la lista y pude abordar.

En la Ruta: Placas y Paisajes

Salimos puntuales a las 7:00 PM. El bus iba a media capacidad y pude identificar a mis compañeros de viaje: un grupo de amigos de Bielorrusia, una pareja de novios serbios y una familia local. Como aún había luz solar, me entretuve observando el paisaje y el tráfico de la autopista. Me puse a observar de que países eran las placas, vi de Rumania, Bulgaria, Serbia y Hungría. Me llamó la atención que la gran mayoría de los camiones de carga eran rumanos y búlgaros. También pasamos junto a varios pueblos pequeños que se veían muy bonitos y pintorescos desde la ventana.

El Paso Fronterizo de Röszke

A las 9:30 PM llegamos al paso fronterizo de Röszke. Había bastante congestión y tuvimos que esperar unos 30 minutos en la fila, tiempo que aprovechamos para bajar del bus y tomar un poco de aire antes del control migratorio.

El procedimiento fue idéntico al de mi ingreso a Hungría. Dos agentes revisaban los documentos; para los locales el trámite era cuestión de segundos. El grupo de bielorrusos tardó un poco más, pero pasó sin contratiempos. Cuando llegó mi turno, la atmósfera se tornó más seria. Revisaron mi pasaporte y me interrogaron sobre mi itinerario. Les expliqué con calma que volvía a Belgrado para tomar un vuelo hacia Malta y que mi motivo era turismo. Me miraron fijamente, hicieron una llamada telefónica y, tras unos cinco minutos de tensa espera, finalmente me dejaron pasar.

Parada Nocturna en Subotica

Superado el control, continuamos el viaje. Alrededor de las 11:40 PM el bus hizo una parada técnica en una estación de gasolina en Subotica. Fui al baño y me sorprendió gratamente que el personal de limpieza hablaran inglés, ya que no encontraba el baño y ellas me ayudaron. Retomamos la marcha poco después. A medida que avanzábamos, el bus se detenía en varios pueblos para dejar pasajeros; en esas paradas nocturnas noté que la infraestructura de algunas terminales locales era bastante regular, un fuerte contraste con lo que había visto en las capitales.

Madrugada en Belgrado y el Templo de San Sava

A la 1:50 AM del 16 de agosto, el bus nos dejó a unos 500 metros de la terminal de Belgrado, en medio de la oscuridad. Mientras la mayoría tomaba taxis, me orienté con el mapa y caminé hacia una luz lejana que resultó ser una sala de espera. Allí, junto a unas 20 personas, espere hasta las 5:30 AM, hora en que iniciaba el transporte público. Para matar el tiempo, conversé con un chico de Montenegro que viajaba a Croacia; aunque fue amable, sus preguntas sobre mi trabajo y destino me generaron cierta desconfianza. Tras su partida, luché por encontrar un enchufe libre para cargar mi celular, hasta que finalmente lo logré.

Con la batería cargada y el sol saliendo, me dirigí al Templo de San Sava, una recomendación de mi hermano Juan. Llegué a las 7:00 AM y, tras escuchar la misa desde afuera por timidez, ingresé a las 8:05 AM cuando abrieron las puertas principales. El interior me dejó sin palabras: una inmensidad de mosaicos dorados y un gran iconostasio, todo impecable.

Al salir, el cansancio acumulado de la noche me venció. En la zona verde frente a la iglesia, donde varios hacían pícnic, extendí mi toalla junto a un árbol, usé mi maleta de almohada, me recosté un poco y caí rendido sin querer me quedé dormido profundamente durante dos horas. Al despertar con el sonido de los pasos de la gente, comprobé con alivio que todas mis pertenencias seguían ahí.

Últimas Horas: Savski Venac y Curiosidades del Aeropuerto

Renovado y tras comer algo del supermercado, decidí aprovechar el tiempo antes de mi vuelo de las 4:45 PM. Fui a Savski Venac, un barrio popular que, aunque lucía antiguo, tenía un encanto especial; sentí que podría vivir allí sin problemas. La nostalgia me invadió mientras tomaba el bus hacia el aeropuerto, donde llegué a la 1:30 PM.

Mientras esperaba el check-in, noté algo sorprendente: había vuelos directos hacia Rusia, algo que me sorprendió dado que en la mayoría de Europa debido a las sanciones no se tienen vuelos con Rusia. Busqué un lugar para cargar mi computador y preparé mis documentos, sabiendo que la entrada a Malta sería estricta. Tenía todo en regla, excepto la prueba formal de alojamiento, ya que mi estadía era un voluntariado acordado de palabra.

Tensión en la Frontera de Malta: Un Final Agridulce

El vuelo aterrizó en Malta dos horas después del despegue. En migración, me formé en la fila de "No Europeos". El agente, al ver que no tenía tiquete de regreso a Colombia ni reserva de hotel, sospechó que planeaba quedarme a trabajar ilegalmente. Me apartaron a una segunda fila de inspección junto con viajeros de África y otros colombianos.

El ambiente en la oficina de control era hostil. Me interrogaron de pie, insistiendo en sus sospechas. Expliqué que estaba en una licencia no remunerada en mi trabajo, que habia estado en malta estudiando por 7 meses y que regresaría a mi país en un mes, pero no fue suficiente. Para permitirme la entrada, me obligaron a realizar una reserva de Airbnb por el tiempo que planeaba estar allá, más o menos un mes completo. Tuve que pagar cerca de 600 euros en el acto; afortunadamente, reservé en el mismo lugar de mi voluntariado, también me hicieron hacer una reserva de vuelo para fuera del espacio Schengen. Con eso, finalmente me dejaron pasar.

Más tarde, mi jefe del voluntariado canceló la reserva y me devolvió el dinero sin problemas. Sin embargo, la experiencia tuvo un tono amargo: en la misma sala, otro colombiano no logró cumplir los requisitos y no lo dejaron entrar a Malta, por lo que le tocó tomar un vuelo a Turquía. Tomé un taxi hacia mi alojamiento, cerrando así una de las experiencias más increíbles y desafiantes de mi vida.


Nota del autor: Esta historia y las experiencias vividas son reales y de mi autoría. Sin embargo, utilicé herramientas de Inteligencia Artificial para pulir la redacción, mejorar la gramática y asegurar que la lectura fuera más fluida.