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Entre el Danubio y el Sava: Memorias de un Verano en el Este

· 35 min de lectura
Luis Miguel Báez
Systems and Computer Engineer at UNAL and ACM-ICPC contestant

En agosto de 2025, mientras vivía en Malta, mi visa de estudiante expiraba el día 10 y debía tomar una decisión importante: comprar los pasajes de regreso a Colombia o activar los tres meses adicionales permitidos como turista en Europa. Como aún no quería irme, opté por la segunda opción. La regla era estricta: para cambiar mi estatus migratorio, debía salir del espacio Schengen antes de la fecha límite de expiración y volver a entrar después del 10 de agosto.

Un mes antes comencé a evaluar destinos fuera del espacio Schengen, como Andorra, Albania y Macedonia (Esta última recomendada por mi amigo Yohan). Sin embargo, al ser pleno verano y no haber reservado con antelación, los precios de vuelos y hospedajes estaban por las nubes. Fue entonces cuando surgió la oportunidad perfecta: los vuelos hacia Serbia y Hungría estaban notablemente económicos en comparación con las otras opciones, probablemente por no tener mar.

La idea cobró fuerza gracias a Alexander, un amigo italiano con raíces serbias y bosnias que vivía conmigo. Me recomendó el destino con entusiasmo y me dio una lista de lugares imperdibles. Confiando en su criterio, compré mis vuelos de ida y vuelta a Belgrado por Wizz Air con un mes de antelación. Reservé un Airbnb para los primeros tres días en la capital serbia, pero dejé el resto de la semana abierta. Tenía varias opciones sobre la mesa: ir a Novi Sad (la segunda ciudad más poblada de serbia), a Niš (Ciudad histórica y turística) o incluso a Pristina, la capital de Kosovo. Sobre esta última, Alexander fue tajante: me aconsejó evitarla a toda costa, advirtiéndome que podía ser peligroso y que era una zona complicada debido a la disputa territorial con Serbia.

La decisión final sobre el itinerario quedó en suspenso hasta el último momento. Mi amigo Michael debía realizar el mismo viaje una semana antes que yo, ya que su visa venció antes. No podíamos viajar juntos tambien porque compartíamos responsabilidades en un voluntariado: mientras uno viajaba, el otro debía quedarse a cargo. Un conocido colombiano nos había sugerido combinar Serbia con Hungría, y Michael decidió probar esa ruta, regresando a Malta desde Budapest.

Cuando Michael regresó, llegó fascinado. Me contó que Belgrado le había encantado, pero que Budapest había sido una locura total. Su experiencia inclinó la balanza. Descarté otras opciones y armé mi ruta definitiva: tres días en Belgrado, un día en Novi Sad y dos días en Budapest, reservando el alojamiento en Hungría a última hora. Todo estaba listo para la aventura.

Rumbo a los Balcanes

Llegó el gran día, el 9 de agosto. Me presenté en el Aeropuerto Internacional de Malta alrededor de las 5:20 PM, con tiempo de sobra para mi vuelo de Wizz Air programado para las 7:10 PM. Tras pasar los controles de seguridad y esperar la asignación de la puerta, me dirigí a la sala 14. El embarque comenzó a las 6:30 PM y, con una precisión casi perfecta, despegamos a las 7:11 PM rumbo a Belgrado.

Aterrizamos en el Aeropuerto Nikola Tesla cerca de las 9:10 PM. La fila de migración era extensa pero fluida, ya que la mayoría de los viajeros eran locales serbios. Cuando llegó mi turno, el control fue sencillo: me preguntaron en inglés el motivo del viaje, respondí "turismo" y, sin más complicaciones, sellaron mi pasaporte. Ya había caído la noche y, con la prisa de no llegar demasiado tarde a mi alojamiento, tuve que resolver la logística básica rápidamente. Necesitaba moneda local, el dinar serbio (1 EUR equivalía a unos 117 dinares), así que utilicé una máquina automática en la salida para cambiar 20 euros con mi tarjeta de crédito, lo justo para moverme esa noche. También aproveché el Wi-Fi del aeropuerto para comprar una eSIM de 1 GB por 4 euros y asegurar mi conexión.

Primeras impresiones de Belgrado

Google Maps me indicó una ruta de dos autobuses para recorrer los 18.8 km hasta mi Airbnb. Al subir al primero, noté algo curioso: no había torniquetes ni máquinas validadoras. Recordé entonces que mi amigo Michael me había comentado que el transporte público en Belgrado era gratuito. Me bajé en la parada del estadio Belgrade Arena alrededor de las 10:20 PM y caminé hacia la conexión para el segundo bus, que me dejaría en el centro, a unas diez cuadras de mi destino.

Durante el trayecto, la ciudad me atrapó de inmediato. Me sentí seguro rodeado de una arquitectura fascinante, una mezcla de edificios europeos clásicos y estructuras de estilo socialista-yugoslavo que recordaban a la era soviética que habia visto en videos. Me llamó mucho la atención ver letreros tanto en alfabeto cirílico como latino. Luego aprendí que el idioma serbocroata utiliza ambos: el cirílico, más tradicional y formal para trámites gubernamentales, y el latino, más común en la tecnología y en el dia a dia.

La odisea del Airbnb

Llegué a mi parada final cerca de las 11:00 PM. Las calles ya estaban vacías y encontrar el ingreso al Airbnb fue una pequeña aventura. La ubicación en el mapa era confusa y la puerta del edificio parecía cerrada, hasta que descubrí que solo necesitaba un empujón fuerte para ceder. Las instrucciones indicaban subir al tercer piso, pero no conté con que la numeración aquí comenzaba en cero (planta baja), por lo que terminé un piso más abajo. Al no encontrar la caja de llaves, toqué el timbre equivocado y una persona me respondió de mal humor por el intercomunicador que allí no era.

Corregí el rumbo y subí un piso más por las escaleras oscuras, iluminando el camino con la linterna de mi celular. Al fondo vi dos cajas de seguridad; la segunda se abrió con la contraseña que me enviaron. ¡Por fin! Entré al apartamento, dejé las llaves en su lugar y encontré a tres huéspedes en la sala. Solo una chica hablaba inglés y amablemente me indicó cuál era la habitación número 2.

Eran las 11:15 PM, pero el hambre apremiaba. Afortunadamente, encontré un supermercado 24 horas a solo dos cuadras. Compré lo necesario para la cena y el desayuno, regresé a la habitación a las 11:40 PM y me preparé algo de comer. Finalmente, alrededor de las 00:30 AM, pude irme a dormir, listo para explorar la ciudad al día siguiente.

La Fortaleza de Kalemegdan y el Encuentro de los Ríos

El 10 de agosto, con las energías recargadas, salí a las 10:00 AM dispuesto a visitar el centro histórico. Mi primer objetivo era la Fortaleza de Kalemegdan, ubicada a unos 2.4 km de mi alojamiento. Aunque Google Maps sugería una ruta en bus, me topé con la realidad de las obras públicas: muchas calles del centro estaban cerradas por reparaciones. Tras esperar 20 minutos en la parada sin éxito, una turista me contó que la ruta estaba cancelada. Por lo que, decidí caminar. Fue una decisión acertada, ya que atravesar a pie el barrio Stari Grad (el casco antiguo) me permitió admirar su arquitectura bajo un sol de verano de unos 28 grados.

Al llegar a la fortaleza, me recibió una inmensa zona verde. Lo primero que capturó mi atención fue la vista panorámica: el imponente encuentro entre el río Danubio y el río Sava. Mientras descansaba en la sombra y comía algo, vi pasar un grupo de turistas con un guía. Sin dudarlo, me uní disimuladamente al grupo. El guía, un serbio con muy buen inglés, narraba las múltiples destrucciones y reconstrucciones que ha sufrido la fortaleza a lo largo de la historia.

Justo en la entrada, ocurrió algo curioso: un turista de una delegación japonesa se me acercó y me pidió una foto... Accedí sin problema y procedí a ingresar. El lugar es una mezcla fascinante de historia militar y capas de civilizaciones: vi antiguas prisiones, restos romanos, medievales, otomanos y austrohúngaros. Subí al "Upper Town" para ver el Monumento al Víctor (Pobednik) y la Torre Sahat (una torre de reloj otomana). El recinto es un museo al aire libre con tanques, aviones y cañones.

Hospitalidad Inesperada

De regreso en el barrio Stari Grad, noté algo que me hizo sentir diminuto: la gente en Serbia es altísima. Yo mido 1.85 metros, pero veía hombres y mujeres mucho más altos que yo por todas partes.

Hacia la 1:30 PM, el hambre apremiaba. Busqué un restaurante en Google Maps. Una anfitriona muy amable me sugirió el plato más tradicional: “Ćevapi u lepinji con kajmak” (minisalchichas de carne en un pan alargado, con papas a la francesa, cebolla morada y una crema blanca típica). Mientras esperaba, me distraje con mi celular y perdí la noción del tiempo. De repente, la anfitriona se acercó para disculparse por una demora que yo ni había notado debido a un imprevisto en la cocina. Cuando llegó la comida, estaba deliciosa, pero la verdadera sorpresa llegó con la cuenta: el mesero se disculpó nuevamente y me dijo que, por la espera, la casa invitaba la comida; solo pagué la bebida. Fue un gesto de servicio al cliente impresionante.

Belgrado Moderno y el Barrio Bohemio

Con el estómago lleno, caminé hacia la Plaza de la República y luego rumbo al Belgrade Waterfront, la zona de negocios a orillas del río Sava. Es un contraste total con el casco antiguo: edificios altos, modernos y un malecón impecable. El calor era intenso, así que me refugié en el centro comercial Galerija (Kula Beograd), uno de los más grandes de los Balcanes. Allí, disfruté del aire acondicionado y de un espectáculo curioso: un grupo de italianos haciendo malabares con masa de pizza en un carrito de golf.

Continué mi ruta hacia el Puente Gazela y el imponente Monumento a Stefan Nemanja. Finalmente, me dirigí a Skadarlija, el famoso barrio bohemio. Sus calles empedradas y su arquitectura conservada son el hogar de las kafanas (tabernas tradicionales). Vi un restaurante que ostentaba con orgullo su puesto número 48 entre los mejores del mundo.

Decidí volver a Skadarlija por la noche, alrededor de las 9:00 PM, para vivir el ambiente real. Las calles estaban llenas de vida, con música en vivo saliendo de los restaurantes y gente disfrutando de la noche. Tras empaparme de la vibra nocturna y ver a los artistas callejeros en el centro, regresé al Airbnb a las 10:00 PM, cerrando un día lleno de historia, caminatas y sorpresas.

Cambio de Planes: Del Museo Tesla a la Torre Gardoš

Al día siguiente, mi plan inicial era visitar el Museo de Nikola Tesla, que afortunadamente quedaba cerca de mi Airbnb. Sin embargo, al llegar me encontré con una fila de unas 30 personas y una logística estricta: solo permitían el ingreso de un grupo cada hora. Tras esperar 40 minutos y ver que no lograría entrar en el siguiente turno, decidí no perder otra hora esperando y activé el "Plan B": visitar el Belgrade Arena y la Torre Gardoš.

Tomé un bus y en 30 minutos estaba frente al estadio más emblemático de la ciudad. Es una estructura imponente, completamente cerrada y moderna, dedicada principalmente al baloncesto y al tenis, los dos deportes nacionales de Serbia. Aunque estaba cerrado al público, valió la pena verlo por fuera, rodeado de banderas serbias y luciendo impecable.

Desde allí, tomé otro bus hacia Zemun, un antiguo municipio que con el tiempo se ha fusionado con Belgrado, aunque conserva su propia identidad. Me bajé al norte, en la Avenida Cara Dušana, y caminé hacia el sur durante media hora para sentir el ambiente de esta zona residencial y tranquila. Mi destino era la Torre Gardoš, una estructura histórica construida por el Imperio Austrohúngaro sobre las ruinas de una fortaleza medieval. Desde su mirador, disfruté de una vista privilegiada de los tejados de Zemun, el Danubio y la silueta de Belgrado a lo lejos.

Para cerrar la tarde, bajé hacia el malecón del río, donde descansan las lanchas y abundan los restaurantes. Me quedé un buen rato contemplando el Danubio mientras caía el atardecer. A las 5:50 PM, cansado pero satisfecho, regresé a casa; al día siguiente debía madrugar para viajar a la segunda ciudad más importante del país.

Rumbo a Novi Sad: Una Lección sobre Precios y Autobuses

El 12 de agosto el despertador sonó a las 6:00 AM. Una hora después ya estaba en camino a la terminal de transportes Beogradska Autobuska Stanica. Me sorprendió encontrar una terminal moderna, equipada con máquinas táctiles tipo tablet para comprar los pasajes.

Allí aprendí una curiosa lección sobre el transporte serbio. Para el mismo trayecto a Novi Sad, los precios variaban drásticamente entre 5 y 20 euros. Elegí una de las opciones más económica (640 dinares, unos 5.50 EUR) y entendí el motivo cuando llegó mi transporte: un autobús bastante viejo de la empresa Božur. Mientras los buses caros eran modernos, el mío era una reliquia, pero eso le daba su encanto.

Salimos puntuales a las 8:30 AM. El viaje de una hora y diez minutos reveló el paisaje de la región de Voivodina: llanuras interminables, cultivos de maíz y carreteras rectas sin montañas a la vista. A las 9:38 AM llegamos a la terminal de Novi Sad bajo un sol espléndido.

Explorando la "Atenas Serbia" y la Fortaleza de Petrovaradin

Novi Sad me recibió con una atmósfera más conservadora y tranquila que Belgrado. Caminé por el Bulevar oslobođenja hacia el Stari Grad (que, al igual que en la capital, significa Casco Antiguo). La zona estaba impecable, con edificios hermosos y bien conservados. Pasé por el Dunavski Park, un parque apacible lleno de estatuas y locales disfrutando la mañana.

El siguiente reto fue cruzar el largo puente sobre el Danubio bajo un sol intenso para llegar a la Fortaleza de Petrovaradin. El acceso requirió subir unos 500 metros de escaleras y atravesar unos túneles peatonales que, admito, eran bonitos pero algo oscuros y lúgubres.

El esfuerzo valió la pena al llegar a la cima. Lo primero que vi fue la famosa Torre del Reloj, el símbolo de la fortaleza. El lugar ofrece una vista espectacular; incluso había un monocular gratuito con el que pude observar con detalle a la gente caminando por las calles de Novi Sad, al otro lado del río.

De la Fortaleza a la Plaza de la Libertad

Exploré la Fortaleza de Petrovaradin durante un buen rato. Es un complejo inmenso con jardines, plazas y edificaciones históricas; su ubicación estratégica explica por qué se construyó allí, regalando una vista privilegiada de la región. A eso de las 11:40 AM, rodeado de familias de turistas, decidí descender y regresar a la ciudad.

Hacia las 12:20 PM llegué a la plaza principal, la Trg slobode (Plaza de la Libertad). Es un lugar hermoso, flanqueado por una iglesia imponente, edificios gubernamentales y restaurantes elegantes. Sin embargo, para almorzar busqué algo más casual en la calle Laze Telečkog, famosa por sus bares y comida rápida. Allí pedí un burrito mixto de carne y cerdo con ensalada y una limonada. Me sorprendió gratamente que los vendedores manejaran un inglés básico, lo que facilitó mucho la comunicación.

Nostalgia Universitaria a Orillas del Danubio

Con energías renovadas, caminé hacia el estadio Karađorđe, el más grande de la ciudad. Se notaba su antigüedad, al igual que la galería adyacente. Justo al lado descubrí la Universidad de Novi Sad (Univerzitet u Novom Sadu). Al ingresar al campus, sentí un déjà vu instantáneo: me recordó muchísimo a mi alma mater, la Universidad Nacional de Colombia.

Al igual que en casa, las paredes estaban llenas de grafitis y expresiones artísticas. Aunque el campus estaba casi desierto debido a un paro estudiantil y protestas recientes, el acceso era libre, sin rejas ni restricciones. Caminé entre sus zonas verdes y campos deportivos, disfrutando de la belleza del lugar con el Danubio corriendo justo al lado.

Explorando la Vida Local y una Larga Espera

De regreso hacia el norte, hice una pausa en el Danavski Park para descansar del calor y la caminata. Luego continué hacia Omladinski Pokret, un barrio puramente residencial. Quería sentir el ritmo de vida real de la gente local. Era una zona muy tranquila, rodeada de tiendas y supermercados. Noté que, a diferencia de Belgrado, aquí el transporte público no es gratuito; vi pasar buses articulados antiguos, parecidos a un Transmilenio (De Bogotá) de un solo vagón.

Cerca de las 8:00 PM, mientras oscurecía, llegué a la terminal de transporte para asegurar mi pasaje a Budapest, ya que la compra online había fallado. Las noticias no fueron buenas: el siguiente bus salía hasta la 1:30 AM. Sin otra alternativa, compré el tiquete y me resigné a una espera de cinco horas y media en una sala casi vacía, sin guardias de seguridad y con solo tres personas más.

Un Encuentro Inesperado

Alrededor de las 10:00 PM, una mujer de unos 55 años entró desde la calle y se me acercó. Me habló primero en su idioma, probablemente serbocroata, pero al decirle que no entendía, me respondió en un inglés sorprendente, mucho mejor que el mío. Me contó que llevaba 15 años viviendo en la calle y que tenía hambre.

En lugar de darle dinero, le ofrecí comprarle algo en la máquina expendedora. Ella eligió un ponqué y un jugo, lo que costó unos 234 dinares (aproximadamente 2 euros). La máquina devolvió otros 2 euros de cambio y, en un movimiento rápido, la mujer casi me rapó las monedas de la mano, diciendo que eso también le servía, y se marchó hacia la salida. Aunque me pareció un gesto de mal gusto, no dije nada. Eran mis últimos dinares serbios y, como ya iba rumbo a Hungría, no los iba a necesitar.

Una Espera Incómoda y el Rescate del Bus

La espera en la terminal se hizo eterna. Evité usar el celular para no agotar la batería ni mis datos móviles, que reservaba estrictamente para los mapas. Para matar el tiempo, recorrí la pequeña terminal y su zona verde, donde otras cuatro personas aguardaban el mismo bus. La situación se complicó cuando intenté ir al baño: solo aceptaban efectivo y yo me había quedado sin un solo dinar tras el encuentro con la mujer sin hogar; al no aceptar euros, no tuve más remedio que aguantar.

A la 1:15 AM, finalmente apareció el bus proveniente de Belgrado. Éramos unos ocho pasajeros esperando para abordar. Subí, dejé mis maletas en mi asiento y corrí al baño del bus, sintiendo un alivio inmediato. Me acomodé y traté de dormir, pero una hora y cuarenta minutos después, el conductor gritó algo en serbio. Todos empezaron a bajar: habíamos llegado a la frontera con Hungría. Bajé con mi equipaje —como decimos en Colombia, para "no dar papaya"— y seguí siguiendo a los demas.

Tensión en la Frontera

Los guardias nos indicaron en inglés formar una fila. Pasamos por detectores de metales y escáneres corporales antes de entrar a un salón frío, cerrado y sin sillas. La mayoría, serbios o ciudadanos europeos, pasaban el control en cuestión de segundos. Yo, que quedé casi al final de la fila, empecé a sentirme mal.

La mezcla del encierro, la falta de aire, la madrugada y el ayuno prolongado me jugaron una mala pasada: se me empezó a bajar la tensión. Bebí agua y respiré profundo, luchando por no desmayarme ni ponerme pálido justo cuando llegaba mi turno; no quería que los agentes pensaran que ocultaba algo ilícito, cuando en realidad solo me faltaba el oxígeno y comida.

Al entregar mi pasaporte y explicar que iba de turismo a Budapest, la atmósfera se tensó. Para ellos, ver a un latinoamericano cruzando por tierra no debía ser común. Se tomaron su tiempo e incluso llamaron a Malta para verificar mi estatus migratorio. Fueron diez minutos largos bajo la mirada de todos los demás pasajeros, impacientes por la espera. Finalmente, los agentes me miraron, sellaron mi pasaporte sin decir más y pude volver al bus.

Amanecer Húngaro: Un Nuevo Mundo

Logré dormir otro rato hasta que desperté cerca de las 5:00 AM. A lo lejos, el sol comenzaba a despuntar, revelando un paisaje totalmente nuevo. Mis primeras impresiones fueron excelentes: autopistas de primer nivel, limpieza y una modernidad que contrastaba con lo que había visto antes. Los letreros en la carretera ya mostraban un idioma extraño y fascinante para mí: el húngaro.

Pasadas las 5:30 AM, vi un estadio imponente y moderno al fondo —más tarde supe que era el Groupama Arena—. Solo unos minutos después, el conductor anunció la llegada (en un idioma que no logré descifrar) y todos comenzamos a descender. Había llegado a Budapest.

Amanecer en Népliget: Pizza y una Siesta Interrumpida

Al bajar del bus, activé mis datos móviles; por fortuna, Hungría es parte de la Unión Europea y mi plan de Malta funcionaba sin problemas. Confirmé mi ubicación: estaba en la terminal de buses de Népliget. Aún estaba oscuro y, aunque el transporte público ya operaba, preferí esperar a que saliera el sol.

Aproveché para desayunar. Pregunté en un local si aceptaban tarjeta o Wise y, tras confirmar que sí, pedí un trozo de pizza. Me costó 580 florines húngaros (HUF), aproximadamente 1.50 EUR. Me pareció una ganga, mucho más barato que cualquier sitio normal en Malta.

Cerca de las 6:00 AM, el cansancio del viaje me venció. Fui a la sala de espera, abracé mi maleta para asegurarla e intenté dormir como otros viajeros que estaban allí. Logré descansar una hora hasta que un guardia de seguridad nos despertó. Primero me habló en húngaro, pero al ver mi cara de confusión, cambió a un inglés muy cortés para decirme que no estaba permitido dormir allí. Sin más remedio, me levanté.

El Metro, el Parlamento y el Misterio del Agua

Pasadas las 7:00 AM, me dirigí al metro. Noté que no había torniquetes ni controles de seguridad, pero no quería repetir un error que cometí en Italia por accidente, así que fui directo a las máquinas. Seleccioné el idioma inglés y compré mi tiquete por 500 HUF (1.30 EUR). Mi destino: la estación Kossuth Lajos tér, justo en el corazón de la ciudad.

Llegué a las 8:10 AM y contacté a la anfitriona del Airbnb para ver si podía dejar las maletas. Su respuesta fue un rotundo "no"; las reglas eran estrictas y el check-in era a las 3:00 PM. No me quedó otra opción que turistear con maleta en mano.

Al salir de la estación, el cansancio pasó a un segundo plano. Frente a mí se alzaba el imponente Parlamento Húngaro. Su arquitectura, una mezcla renacentista y barroca, lucía impecable y casi nueva gracias al equipo de limpieza que trabajaba con hidrolavadoras a esa hora. Había muy pocos turistas, solo el sonido ocasional de un tranvía pasando.

Fui a un supermercado cercano para armar un segundo desayuno: sándwiches y jugo de naranja. También compré una botella de litro de lo que supuse era agua. Gran error. Al probarla, me di cuenta de que era un agua saborizada con un sabor extrañísimo. El problema es que todo el etiquetado estaba en húngaro y, por pereza de traducir, elegí al azar. Para no desperdiciar, me la tomé igual.

Infiltrado en el Tour y Curiosidades Arquitectónicas

Recorrí el barrio Lipótváros, una zona espectacular de arquitectura historicista y ecléctica. Recordé un dato que me dio mi amigo Michael: en Budapest existe una regulación de altura para preservar el perfil histórico, lo que explica por qué los edificios mantienen una uniformidad tan armoniosa. Otro detalle que noté es que el idioma húngaro domina visualmente la ciudad; hay muy pocos letreros en inglés, lo que me obligaba a depender de Google Maps para todo.

Mientras caminaba, escuché algo familiar: español. Vi un grupo de turistas (españoles, chilenos, mexicanos y colombianos) liderados por una guía española muy carismática que llevaba cinco años viviendo allí, según le escuché. Sin dudarlo, me hice el "loco" y me uní al grupo. Fue una decisión brillante. Durante dos horas, aprendí muchísimo sobre la Primera y Segunda Guerra Mundial y los hitos de Budapest, todo gracias a la energía contagiosa de la guía.

Refugio contra el Calor y la Rueda de la Fortuna

Al mediodía, el calor apretaba. Compré un almuerzo listo para llevar (pasta con arroz) en un supermercado SPAR y busqué refugio en la plaza Vörösmarty. Allí descubrí unos sistemas de pulverización de agua instalados en la calle que liberan una niebla refrescante. Me senté a comer y a descansar bajo el rocío artificial.

Luego caminé hacia el parque Erzsébet tér, donde una gigantesca rueda de la fortuna de 65 metros contrastaba con los edificios clásicos. Paseé por los alrededores haciendo tiempo hasta las 2:45 PM, momento en el que, totalmente agotado, me dirigí al Airbnb.

El Laberinto del Edificio Antiguo

El edificio del Airbnb era antiguo y de techos altísimos. La entrada fue una pequeña prueba de ingenio: empujé varias puertas hasta dar con la correcta. Al entrar, vi a alguien subir al ascensor, pero no alcancé a tomarlo. Me tocó esperar a que bajara y descubrí que era una reliquia tecnológica con doble puerta (una del piso y otra del ascensor), lento pero funcional.

Al llegar al tercer piso, me encontré con tres puertas idénticas sin números ni letreros. Toqué en una y nadie salió. Toqué en la siguiente y, por suerte, apareció la anfitriona. Tras llenar unos formularios y recibir las llaves, ingresé al apartamento donde había otros dos huéspedes. Dejé mis maletas y me recosté un momento... que se convirtió en horas. El cansancio acumulado me venció y caí dormido profundamente hasta las 7:00 PM.

Suerte, Atardeceres y Dos Ciudades en Una

Decidido a aprovechar al máximo el resto del día, salí a caminar y me topé con una curiosa estatua de metal: “A Kövér Rendőr”, o el "Policía Gordo". Existe la tradición turística de frotar su gran barriga para atraer la buena suerte, así que no dudé en cumplir con el ritual. Continué mi ruta hacia la Plaza de San Esteban (St. Stephen’s Square). Aunque la imponente iglesia católica ya estaba cerrada, pude admirar su fachada impecable bajo la luz de la tarde.

Con el sol aún en el cielo, me dirigí al famoso Puente de las Cadenas Széchenyi para cruzar hacia el otro lado del río. Es fascinante recordar que Budapest es, en realidad, la unión de dos ciudades históricas separadas por el Danubio: Buda y Pest. Desde la orilla de Buda, fui testigo de un espectáculo visual inolvidable: el sol se ocultó tras el edificio del Parlamento Húngaro y, poco a poco, las luces del puente y de la arquitectura monumental se encendieron. Me quedé allí, hipnotizado por el panorama, hasta que dieron las 9:00 PM.

Ritmo Latino a Orillas del Danubio

Al cruzar el puente de regreso hacia mi alojamiento, algo detuvo mis pasos: escuche una canción colombiana de salsa. La curiosidad me llevó a seguir el sonido hasta un bar al aire libre ubicado justo al cruzar el puente. Resultó ser una escuela de baile que por las noches funcionaba como bar. El ambiente era una mezcla increíble; calculé que la mitad de los asistentes eran locales húngaros y la otra mitad latinos y españoles. Entre la multitud, distinguí claramente acentos de Cuba, República Dominicana y, por supuesto, Colombia.

La vibra era muy sana y acogedora; la gente se sacaba a bailar sin necesidad de conocerse, así que me animé a hacer lo mismo. Invité a la pista a una señora húngara de unos 50 años. Para mi gran sorpresa, bailaba bachata con una destreza impresionante; aunque yo me defiendo bien bailando, ella estaba en otro nivel. Luego bailé con su amiga, de la misma edad, quien demostró la misma habilidad técnica. Fue una lección de humildad y ritmo. Tras disfrutar de dos piezas y de ese inesperado calor latino en el corazón de Europa, me retiré a descansar, cerrando el día con una sonrisa.

Tesoros de Budapest: Del Parlamento a la Cima de Buda

El 14 de agosto amanecí renovado y listo para el "plan fuerte" del viaje. Comencé regresando al Parlamento Húngaro, pero esta vez para explorarlo a fondo. Visité su museo, donde se exhiben piezas originales que han sido reemplazdas del edificio a lo largo de los años.

Desde allí, crucé nuevamente el Puente de las Cadenas Széchenyi, dejando atrás Pest para adentrarme en Buda. Mi destino era el Budai Várnegyed (el Barrio del Castillo de Buda). El acceso al recinto del castillo fue libre, lo que me permitió recorrer sus calles medievales impecables y visitar joyas como el Bastión de los Pescadores y la Iglesia de Matías. Al estar ubicado en una loma alta, el lugar me regaló una vista inmejorable del Danubio y de la ciudad de Pest extendiéndose al otro lado del río.

Ajedrez en el Parque: El Legado de las Polgár

Tomé una ruta detrás del castillo, pasando por el Parque Gellért con la intención de subir a la Colina Gellért (Gellért Hill), una elevación de 235 metros. En el camino, un detalle en un parque infantil capturó mi atención: entre las zonas verdes había mesas de madera con tableros de ajedrez fijos en ellas.

Ver esto me trajo a la mente la increíble historia de las hermanas Polgár (Susan, Judit y Sofía), las ajedrecistas húngaras formadas por su padre László que revolucionaron el juego entre los años 80 y 90. Susan fue campeona mundial, Judit es considerada la mejor jugadora de la historia (la única mujer en el top-10 mundial absoluto) y Sofía también destacó por su notable talento. Esas mesas en el parque eran un testimonio silencioso de la gran cultura de ajedrez que se respira en Hungría.

La Cascada y el Regreso a Pest

Continué mi caminata hacia Tabán, un gran parque urbano lleno de espacios verdes donde varios grupos de turistas disfrutaban del paisaje. Me dirigí hacia la ladera del monte para ver la imponente Estatua de San Gerardo Sagredo (St. Gerard Sagredo Statue), un punto popular para las fotografías. A unos 50 metros de allí: una hermosa cascada artificial de unos 20 metros de altura. Me quedé allí un buen tiempo, respirando aire fresco y contemplando las vistas panorámicas.

Hacia las 2:00 PM, descendí para cruzar el Puente Erzsébet, situado en el punto más estrecho del Danubio en la ciudad. De regreso en Pest, dediqué la tarde a recorrer el área histórica, buscando aquellos rincones que no había logrado ver en los días anteriores. Pasé por fuera de una de las sedes de la Universidad Eötvös Loránd y seguí explorando la arquitectura de la ciudad hasta que, cerca de las 9:00 PM, regresé al Airbnb para descansar tras un día inolvidable.

Despedida y Camino al Estadio

El 15 de agosto llegó el momento de decir adiós a Budapest. Tenía el check-out esa mañana y un viaje nocturno programado hacia Belgrado para tomar mi vuelo de regreso a Malta al día siguiente. Me levanté a las 9:00 AM y, mientras preparaba el desayuno, conocí a una chica hispano-mexicana que también estaba en la cocina. Compartimos experiencias de viaje; ella estudiaba en España y llevaba diez días disfrutando de sus vacaciones en la ciudad.

A las 10:30 AM, con todo listo, salí rumbo a la estación de metro Deák Ferenc tér. Descendí unos impresionantes 30 metros por las escaleras eléctricas para tomar la línea roja. Tras unos 20 minutos, llegué a la estación Puskás Ferenc Stadion, donde me recibió un pequeño mercado campesino a la salida.

Caminé cerca de un kilómetro hacia la zona deportiva, que alberga dos colosos: el Papp László Budapest Sportaréna (un coliseo multiusos para deportes bajo techo y conciertos) y mi objetivo principal, el majestuoso Puskás Aréna, hogar de la selección húngara de fútbol. En el camino, me topé con una pancarta política muy curiosa que ridiculizaba a Volodímir Zelenski y al político húngaro Péter Magyar, con la frase en húngaro “Mint két tojás” (“Idénticos como dos huevos”), una muestra del humor y la tensión política local.

Adentro del Puskás Aréna: Historia y Emoción

El estadio, reconstruido para la Eurocopa 2020, lucía impecable y moderno. Al ser mediodía de un día laboral, estaba bastante tranquilo. Encontré la oficina de tours abierta y me llevé una grata sorpresa: la entrada costaba 4000 HUF (unos 11.90 EUR), una ganga comparado con lo que cobran en estadios como el Santiago Bernabéu. Compré mi tiquete para el turno de la 1:30 PM y aproveché la espera en el aire acondicionado viendo algunos documentales y fotos históricas de Ferenc Puskás, la leyenda del fútbol húngaro, que ofrecían en la sala de espera.

El tour, guiado en húngaro e inglés, fue una gran experiencia de unos 60 minutos. Recorrimos las entrañas del estadio:

  • Zona Interna: Los vestuarios y la zona mixta, incluyendo una cancha sintética de calentamiento dentro del camerino.
  • Experiencia de Jugador: Caminamos por el túnel de salida hasta llegar al borde del campo y sentarnos en los banquillos.
  • Zona de Prensa: Aquí la guía nos contó una anécdota famosa: fue en esta sala, durante la Euro 2020, donde Cristiano Ronaldo apartó dos botellas de Coca-Cola y dio un grito de "¡Agua!", un gesto que se volvió viral mundialmente.
  • Vistas: Subimos a los palcos VIP y a las gradas generales para apreciar la inmensidad del recinto.

Como aficionado al fútbol, estar allí fue uno de los momentos más emocionantes del viaje. Fue mi primera vez en un estadio de clase mundial y la infraestructura me dejó sin palabras.

En Busca del Budapest Auténtico

Al terminar el tour, quise cambiar de ambiente y conocer el ritmo de vida real de la ciudad. Tomé el metro hacia Örs vezér tere, una zona comercial y de transporte en el oriente de la ciudad. Desde allí, caminé hacia el barrio Alsórákos, un sector residencial de clase media-baja.

Me sorprendió gratamente: era una zona muy verde, tranquila y con casas bonitas. Mientras caminaba, pensé: "Podría vivir acá sin ningún problema". Tras media hora de exploración, regresé a la estación.

Un Picnic de Despedida

Intenté visitar la Plaza de los Héroes (Hősök tere), pero un concierto para esa noche y las vallas de seguridad me impidieron el paso. Sin complicarme, opté por ir al Városliget City Park, un gigantesco parque urbano. Hice un pequeño picnic con mis snacks, disfrutando de mis últimos instantes en la ciudad bajo la tarde de verano.

Pasadas las 5:00 PM, me dirigí a la terminal de buses de Népliget. En el trayecto, compré por internet mi pasaje de regreso a Belgrado. El bus salía a las 7:00 PM; mi aventura en los Balcanes estaba entrando en su recta final.

Preparativos en Népliget

Llegué a la terminal de buses de Népliget alrededor de las 6:00 PM. Al principio no lograba ubicar la zona de salida de la empresa "Tierra Travel", pero un empleado que hablaba inglés me orientó hacia el lugar correcto. El bus aún no había llegado, así que aproveché la espera para ser precavido. Recordando el mal rato que pasé en la frontera en la venida por no haber comido bien y no encontrar nada abierto por ser de noche, fui a una pequeña tienda cercana y me aprovisioné bien: compré bananos, manzanas, agua y dos botellas de Gatorade.

El bus llegó a las 6:40 PM. La logística fue ordenada: una persona recibía el equipaje y otra verificaba los tiquetes en una planilla. Afortunadamente, hablaban algo de inglés; encontraron mi nombre en la lista y pude abordar.

En la Ruta: Placas y Paisajes

Salimos puntuales a las 7:00 PM. El bus iba a media capacidad y pude identificar a mis compañeros de viaje: un grupo de amigos de Bielorrusia, una pareja de novios serbios y una familia local. Como aún había luz solar, me entretuve observando el paisaje y el tráfico de la autopista. Me puse a observar de que países eran las placas, vi de Rumania, Bulgaria, Serbia y Hungría. Me llamó la atención que la gran mayoría de los camiones de carga eran rumanos y búlgaros. También pasamos junto a varios pueblos pequeños que se veían muy bonitos y pintorescos desde la ventana.

El Paso Fronterizo de Röszke

A las 9:30 PM llegamos al paso fronterizo de Röszke. Había bastante congestión y tuvimos que esperar unos 30 minutos en la fila, tiempo que aprovechamos para bajar del bus y tomar un poco de aire antes del control migratorio.

El procedimiento fue idéntico al de mi ingreso a Hungría. Dos agentes revisaban los documentos; para los locales el trámite era cuestión de segundos. El grupo de bielorrusos tardó un poco más, pero pasó sin contratiempos. Cuando llegó mi turno, la atmósfera se tornó más seria. Revisaron mi pasaporte y me interrogaron sobre mi itinerario. Les expliqué con calma que volvía a Belgrado para tomar un vuelo hacia Malta y que mi motivo era turismo. Me miraron fijamente, hicieron una llamada telefónica y, tras unos cinco minutos de tensa espera, finalmente me dejaron pasar.

Parada Nocturna en Subotica

Superado el control, continuamos el viaje. Alrededor de las 11:40 PM el bus hizo una parada técnica en una estación de gasolina en Subotica. Fui al baño y me sorprendió gratamente que el personal de limpieza hablaran inglés, ya que no encontraba el baño y ellas me ayudaron. Retomamos la marcha poco después. A medida que avanzábamos, el bus se detenía en varios pueblos para dejar pasajeros; en esas paradas nocturnas noté que la infraestructura de algunas terminales locales era bastante regular, un fuerte contraste con lo que había visto en las capitales.

Madrugada en Belgrado y el Templo de San Sava

A la 1:50 AM del 16 de agosto, el bus nos dejó a unos 500 metros de la terminal de Belgrado, en medio de la oscuridad. Mientras la mayoría tomaba taxis, me orienté con el mapa y caminé hacia una luz lejana que resultó ser una sala de espera. Allí, junto a unas 20 personas, espere hasta las 5:30 AM, hora en que iniciaba el transporte público. Para matar el tiempo, conversé con un chico de Montenegro que viajaba a Croacia; aunque fue amable, sus preguntas sobre mi trabajo y destino me generaron cierta desconfianza. Tras su partida, luché por encontrar un enchufe libre para cargar mi celular, hasta que finalmente lo logré.

Con la batería cargada y el sol saliendo, me dirigí al Templo de San Sava, una recomendación de mi hermano Juan. Llegué a las 7:00 AM y, tras escuchar la misa desde afuera por timidez, ingresé a las 8:05 AM cuando abrieron las puertas principales. El interior me dejó sin palabras: una inmensidad de mosaicos dorados y un gran iconostasio, todo impecable.

Al salir, el cansancio acumulado de la noche me venció. En la zona verde frente a la iglesia, donde varios hacían pícnic, extendí mi toalla junto a un árbol, usé mi maleta de almohada, me recosté un poco y caí rendido sin querer me quedé dormido profundamente durante dos horas. Al despertar con el sonido de los pasos de la gente, comprobé con alivio que todas mis pertenencias seguían ahí.

Últimas Horas: Savski Venac y Curiosidades del Aeropuerto

Renovado y tras comer algo del supermercado, decidí aprovechar el tiempo antes de mi vuelo de las 4:45 PM. Fui a Savski Venac, un barrio popular que, aunque lucía antiguo, tenía un encanto especial; sentí que podría vivir allí sin problemas. La nostalgia me invadió mientras tomaba el bus hacia el aeropuerto, donde llegué a la 1:30 PM.

Mientras esperaba el check-in, noté algo sorprendente: había vuelos directos hacia Rusia, algo que me sorprendió dado que en la mayoría de Europa debido a las sanciones no se tienen vuelos con Rusia. Busqué un lugar para cargar mi computador y preparé mis documentos, sabiendo que la entrada a Malta sería estricta. Tenía todo en regla, excepto la prueba formal de alojamiento, ya que mi estadía era un voluntariado acordado de palabra.

Tensión en la Frontera de Malta: Un Final Agridulce

El vuelo aterrizó en Malta dos horas después del despegue. En migración, me formé en la fila de "No Europeos". El agente, al ver que no tenía tiquete de regreso a Colombia ni reserva de hotel, sospechó que planeaba quedarme a trabajar ilegalmente. Me apartaron a una segunda fila de inspección junto con viajeros de África y otros colombianos.

El ambiente en la oficina de control era hostil. Me interrogaron de pie, insistiendo en sus sospechas. Expliqué que estaba en una licencia no remunerada en mi trabajo, que habia estado en malta estudiando por 7 meses y que regresaría a mi país en un mes, pero no fue suficiente. Para permitirme la entrada, me obligaron a realizar una reserva de Airbnb por el tiempo que planeaba estar allá, más o menos un mes completo. Tuve que pagar cerca de 600 euros en el acto; afortunadamente, reservé en el mismo lugar de mi voluntariado, también me hicieron hacer una reserva de vuelo para fuera del espacio Schengen. Con eso, finalmente me dejaron pasar.

Más tarde, mi jefe del voluntariado canceló la reserva y me devolvió el dinero sin problemas. Sin embargo, la experiencia tuvo un tono amargo: en la misma sala, otro colombiano no logró cumplir los requisitos y no lo dejaron entrar a Malta, por lo que le tocó tomar un vuelo a Turquía. Tomé un taxi hacia mi alojamiento, cerrando así una de las experiencias más increíbles y desafiantes de mi vida.


Nota del autor: Esta historia y las experiencias vividas son reales y de mi autoría. Sin embargo, utilicé herramientas de Inteligencia Artificial para pulir la redacción, mejorar la gramática y asegurar que la lectura fuera más fluida.

De Malta a la 'Dolce Vita': Mi Aventura Italiana de 2025

· 27 min de lectura
Luis Miguel Báez
Systems and Computer Engineer at UNAL and ACM-ICPC contestant

Todo comenzó mientras estudiaba inglés en Malta. Desde mi primera semana allí, quise aprovechar el tiempo al máximo. Varios compañeros de escuela, quienes ya habían visitado Italia, me comentaron lo cerca y económico que resultaba el viaje. Aquello me encendió la chispa de la curiosidad y, decidí regalarme una experiencia por mi cumpleaños, me lancé a investigar en internet a principios de febrero.

Con mi hoja de Excel, comparé precios en Google Flights, Skyscanner y Airbnb. Aunque una compañera colombiana me había recomendado Grecia con entusiasmo, buscaba la opción más asequible. Tras analizar números, la balanza se inclinó a favor de Italia. El 21 de febrero, con cuatro meses de antelación, dejé todo reservado: volaría de Malta a Roma el 22 de junio por la mañana y regresaría desde Milán el 29 por la noche. Mi alojamiento se dividiría entre una habitación privada en San Cesareo, un pueblo a hora y media de Roma en transporte público, y un hostal compartido en Busto Garolfo, al norte de Milán. El plan eran tres días para visitar Roma, un trayecto en bus hacia el norte y tres días para explorar Milán.

Finalmente, llegó el esperado 22 de junio. Había solicitado la semana de vacaciones en la escuela de ingles para viajar sin preocupaciones. El despertador sonó a las 4:00 AM; media hora después, ya estaba rumbo al aeropuerto en un taxi de Bolt. Llegué poco antes de las 5:00 AM viajando ligero, con solo una maleta pequeña para evitar los costos de bodega.

Hice el check-in, pasé los controles de seguridad y me instalé en la sala de espera a las 5:20 AM. El lugar estaba medianamente lleno y el aire vibraba con acentos italianos y malteses. Cuando el abordaje comenzó a las 6:30 AM, dejé pasar a los grupos prioritarios y me uní a la fila al final; no tenía prisa. Tras la revisión de mi tiquete y pasaporte, caminé por la pista y subí las escaleras hacia el avión.

Despegamos hacia Roma alrededor de las 7:50 AM. El clima de verano era inmejorable, con un cielo despejado y escasas nubes. Desde mi asiento junto a la ventana, me despedí de Malta viendo la isla desde las alturas. Poco después, el paisaje cambió y aparecieron las tierras italianas: un paisaje verde de parcelas rectangulares y pequeños pueblos que se divisaban a lo lejos.

Aterrizamos con éxito en el Aeropuerto Internacional Leonardo da Vinci – Roma-Fiumicino cerca de las 9:30 AM. Apenas toqué tierra, activé mis datos móviles de Epic; afortunadamente, el servicio funcionaba en toda la Unión Europea, por lo que no fue necesario comprar una eSIM. Al revisar mi ubicación, noté que me encontraba a unos 30 kilómetros de la ciudad. Consulté con ChatGPT cuál era la mejor manera de llegar y su sugerencia fue clara: debía tomar el tren.

Me dejé llevar por la marea de gente y, efectivamente, todos se dirigían hacia la estación. Tras una larga fila en las máquinas automáticas, compré el boleto. Me costó 14 euros, un gasto no presupuestado debido a la tarifa de aeropuerto, pero al no tener alternativa, pagué y abordé. El tren de TrenItalia era muy moderno y viajaba a media capacidad. Compartí el vagón con un grupo de viajeros polacos; parecían sacerdotes jóvenes, de entre 25 y 30 años, pues llevaban la cinta blanca en el cuello, aunque con cuerpos atléticos de muchos meses de gimnasio. Hablaban en su idioma, probablemente Polaco, así que me dediqué a observar el paisaje por la ventana. Fue allí donde tuve mi primer choque visual: el tren cruzaba zonas hermosas, pero también áreas que parecían decaídas, sucias y viejas.

A las 10:50 AM arribamos a Roma Termini, la estación principal y corazón ferroviario de la ciudad, desde donde parten trenes locales y nacionales. Salí en busca de desayuno y encontré varios locales de comida rápida; opté por una pizza y una gaseosa. Eran ya las 11:30 AM, un poco tarde para mi plan original de recorrer el centro histórico, así que activé el plan secundario: visitar el Estadio Olímpico. Como gran aficionado al fútbol italiano, ver ese estadio era un sueño de mi infancia.

Miré en Google Maps que indicaba una distancia de 6.4 kilómetros. A pesar de los 30 grados de temperatura, me sentía lleno de energía y decidí ir caminando. El trayecto me fascinó; disfruté la arquitectura, el contraste entre lo antiguo y lo moderno, las zonas verdes y el modelo urbanístico de Roma. Sin embargo, el calor del verano era sofocante y me obligaba a detenerme cada 500 metros. Para colmo, la caminata fue pesada porque aún cargaba con todo mi equipaje, ya que no había pasado por el Airbnb. En el camino, paré en un supermercado para comprar provisiones de sándwiches, jugo y agua, lo que sumó peso a mi carga, pero no impidió que tomara muchas fotos y tratara de disfrutar cada paso de la experiencia.

Finalmente, alrededor de la 1:50 PM, el imponente Estadio Olímpico apareció ante mí. Aunque se encontraba en obras de mantenimiento y unas vallas de seguridad me impedían acercarme a menos de 15 metros, la emoción seguía intacta. Tomé varias fotos y llamé a mi madre y a mi padrastro para compartir el momento; en Colombia eran apenas las 6:50 AM, pero ellos estaban atentos a mi aventura. Busqué la sombra de un árbol y me senté a preparar mis sándwiches. Allí pasé una hora y media, comiendo tranquilo y contemplando aquel lugar que tantas veces había visto por televisión.

A las 3:40 PM emprendí el regreso a pie hacia Roma Termini. Disfruté el recorrido por las zonas residenciales, observando la vida cotidiana de los romanos lejos del bullicio turístico. Llegué a la estación cerca de las 5:30 PM y organicé mi traslado al Airbnb. La mejor opción era tomar el tren regional 12593 con destino a Frosinone y bajarme en la estación Zagarolo. Como mi tren no salía hasta las 7:40 PM, aproveché para explorar la estación y descansar un poco.

El viaje en tren comenzó casi puntual a las 7:42 PM. El vagón iba a media capacidad, lleno de voces locales que confirmaban que me alejaba de la zona turística. Gracias al verano, el sol aún iluminaba el paisaje; vi pasar pueblos de arquitectura de primer nivel y mucha vegetación, disfrutando de una Italia más auténtica.

Llegué a la estación de Zagarolo a las 8:20 PM. Bajé junto a unas treinta personas, en su mayoría jóvenes y adultos mayores. Al revisar Google Maps, me llevé una desagradable sorpresa: había perdido el autobús de conexión y el siguiente tardaría una hora en pasar. En la parada había un grupo de chicos fumando que no me daba buena espina; su actitud y apariencia me hicieron sentir inseguro. Decidí no arriesgarme a esperar allí. El mapa indicaba que mi destino, San Cesareo, estaba a 5 kilómetros, unos 50 minutos a pie. Avisé a mi anfitriona y comencé a caminar.

Fue mi primera "primiparada" en Europa. Aunque la zona era hermosa, llena de casas campestres y muy verde, la carretera era angosta, de doble vía y carecía de aceras. La caminata se volvió tensa cuando casi me atropella un auto; afortunadamente, mis reflejos evitaron un accidente grave. Entre el susto, el cansancio acumulado del día y la oscuridad que empezaba a caer, sentí miedo por primera vez en el viaje.

Finalmente, a las 8:55 PM, llegué al pueblo de San Cesareo. El lugar superó mis expectativas: limpio, seguro y con una arquitectura encantadora que me devolvió la calma. Tras unas últimas indicaciones de la anfitriona para encontrar la casa exacta, ingresé al alojamiento a las 9:04 PM, justo cuando el sol terminaba de ocultarse en el horizonte.

El 23 de junio desperté cerca de las 8:00 AM. Como había olvidado hacer compras la noche anterior, salí de inmediato en busca de provisiones. Por suerte, encontré un supermercado Maury's a solo 500 metros. Coloque en el carrito yogur natural, pan, jamón, queso, frutos secos y agua. Al salir, improvisé un desayuno preparando mis sándwiches mientras buscaba en Google Maps la mejor ruta hacia Roma.

La aplicación me indicó tomar un autobús intermunicipal hasta la estación de tren más cercana. Caminé hasta la parada y esperé media hora. El ambiente era muy local: me rodeaban adultos mayores, niños y un padre e hijo de raíces africanas que conversaban en un italiano fluido y natural. Cuando llegó el autobús, dejé subir primero a los demás por cortesía. Aunque iba casi lleno, logré ocupar uno de los dos últimos asientos libres. Era un vehículo moderno, de no más de tres años de uso.

Tras diez minutos de viaje, bajé y caminé unos 300 metros cuesta arriba hasta la estación de tren Colonna Galleria. Al llegar, el lugar estaba desierto, salvo por un empleado de limpieza. Confundido sobre en qué andén debía esperar, usé ChatGPT para traducir mi pregunta al italiano. Le leí la frase tal cual y, aunque sonó algo forzado, el señor entendió y me señaló amablemente: "Da questa parte" ("De esta parte").

Eran las 10:20 AM y el siguiente tren a Roma tardaría 40 minutos, así que no tuve más remedio que esperar. Mientras tanto, vi pasar dos trenes de carga transportando automóviles y, poco a poco, llegaron más pasajeros. Finalmente, el tren apareció y se detuvo apenas un minuto. Subí rápido y conseguí un asiento junto a la ventana; el vagón iba al rededor de 40% de su capacidad. Disfruté muchísimo el trayecto, viendo campos verdes y pequeños pueblos, sintiendo que vivía una experiencia auténtica, más allá del turismo tradicional.

Entre 30 y 40 minutos después llegué nuevamente a Roma Termini. Mi primer objetivo era claro: el Coliseo Romano. Estaba a solo 1.7 km, unos 25 minutos a pie, así que me lancé a caminar. En la ruta me detuve brevemente ante la Basilica Papale di Santa Maria Maggiore para tomar fotos. La emoción crecía con cada paso; recordaba cómo veía Roma en la televisión de niño y no podía creer que ahora estuviera allí, a metros de uno de los lugares más icónicos de la humanidad.

De repente, doblé una esquina y allí estaba: el imponente Coliseo Romano (Anfiteatro Flavio). Me senté en una banca vacía a contemplarlo, procesando el momento. Luego, divisé un mirador en un pequeño cerro frente al monumento y subí en busca de mejores ángulos. El sol de verano golpeaba fuerte, entre 30 y 35 grados, así que busqué refugio bajo el primer árbol que encontré para descansar unos diez minutos. Desde allí, la vista era espectacular y, al haber poca gente, aproveché para tomar varias fotos.

Bajé con la intención de ingresar, pero eran las 12:40 PM y la fila para comprar boletos era interminable. Si esperaba, perdería todo el día, así que decidí sacrificar la entrada para conocer otros sitios. Me conformé con rodearlo, aunque solo pude recorrer gran parte del perímetro ya que un sector estaba cerrado por mantenimiento. Tras disfrutar el paseo exterior, busqué un supermercado cercano y caminé cuatro cuadras hasta un Carrefour Express. Allí compré una porción de pizza para llevar, snacks y una lata de cerveza Heineken (aprendí que en italiano cerveza se dice "Birra"). Pagué en la caja comunicándome en inglés y salí listo para continuar la aventura.

Regresé hacia el Coliseo y busqué un banco público para comer. Mientras disfrutaba mi pizza y la cerveza, un policía pasó y se me quedó mirando fijamente. Siguió su camino sin decir nada, pero luego recordé haber escuchado que consumir alcohol en la vía pública estaba prohibido. Probablemente, me salvé de una multa gracias a ser turista.

Crucé hacia el Parco Archeologico del Colosseo. Dediqué unos minutos a admirarlo, tomar fotos y leer sobre su historia en internet. Continué mi caminata por la zona histórica hasta llegar, cerca de las 2:20 PM, al Monumento a Vittorio Emanuele II. Lucía impecable, casi nuevo, pero el sol estaba fuerte y la falta de sombra me empujó a seguir hacia mi siguiente destino: la Ciudad del Vaticano.

A pesar del calor, estaba enamorado de la arquitectura romana. Caminé 3.1 kilómetros a ritmo medio para no perder detalle y llegué a la Plaza de San Pedro alrededor de las 3:30 PM. Había mucha gente y una larga fila para entrar. Los controles de seguridad eran estrictos, similares a los de un aeropuerto, con detector de metales y escáner de equipaje. Afortunadamente, pasé sin problemas con mi pequeña mochila.

Ya dentro, noté que la plaza tenía sectores restringidos, llenos de sillas y pantallas gigantes. La gente comentaba sobre la posesión del nuevo Papa, León XIV, ocurrida hacía poco más de un mes. Me dirigí a la Basílica de San Pedro. Al cruzar el umbral, la belleza del lugar me dejó sin palabras. Mosaicos, pinturas, mármol y detalles dorados cubrían cada rincón, transmitiendo una paz inmensa. Sin duda, es la iglesia más majestuosa y sobrecogedora que he pisado en mi vida.

Tras un buen rato allí, continué hacia la Passeggiata del Gianicolo, una gran zona verde en una colina cercana. Caminé unos 20 minutos hasta el Faro del Gianicolo y aproveché el mirador para descansar del calor sofocante y contemplar Roma desde las alturas. Luego descendí hacia el Trastevere, un barrio encantador de calles empedradas y restaurantes.

Cerca de las 6:00 PM, Google Maps me indicó que la mejor ruta de regreso era tomar el metro hasta la estación Anagnina y allí conectar con un bus. El metro iba lleno por la hora pico y me tocó viajar de pie. Al llegar a Anagnina, seguí a la multitud y encontré la bahía 8, donde debía esperar mi bus hacia San Cesareo. Tras 30 minutos de espera, abordé el bus que iba a media capacidad. El trayecto atravesó zonas rurales y pequeños pueblos, fue tranquilo.

Llegué a San Cesareo a las 9:00 PM. Por suerte, el supermercado seguía abierto, así que compré lo necesario para la cena y el desayuno siguiente. Al entrar al Airbnb, la casa estaba en silencio. Me duché para quitarme el cansancio de encima; al revisar mi celular, vi que había caminado 22.7 kilómetros (casi 29,000 pasos). Preparé una cena sencilla de huevos con jugo de naranja y pan, y alrededor de las 11:00 PM, finalmente me fuí a descansar.

El 24 de junio me levanté a las 9:00 AM. Tras ducharme y desayunar, salí de la casa hacia Roma cerca de las 10:00 AM. Repetí la rutina del día anterior, aunque esta vez la paciencia fue clave: tanto el bus hacia la estación como el tren en Colonna Galleria se retrasaron bastante (unos 30 minutos). Sin embargo, no tenía prisa, así que me tomé el viaje con calma y llegué a Roma Termini alrededor del mediodía.

Mi plan era recorrer el centro histórico, pasando por los barrios Monti y Trevi. En este último, decidí buscar una auténtica experiencia culinaria. Entré a un restaurante que lucía bien y pedí una clásica Pasta alla Carbonara (con queso parmesano y cerdo curado), acompañada de café y jugo de naranja. El lugar estaba tranquilo y el servicio fue rápido. La pasta resultó exquisita: cremosa, con un toque ahumado perfecto y una salsa deliciosa. Fue uno de los platos más sabrosos que he probado, pero tenía un gran defecto: la porción era diminuta para mi apetito habitual. Quedé con hambre, así que pagué la cuenta y fui directo a un supermercado cercano a comprar snacks para complementar el almuerzo.

A solo dos cuadras encontré la Fontana di Trevi. El lugar era espectacular, impecable y, como era de esperarse, estaba lleno de gente. Hacía un calor intenso y las sombras escaseaban, pero me quedé unos quince minutos admirando el sitio y tomando fotos. Continué mi ruta por Campo Marzio hacia la Piazza di Spagna, donde vi carruajes de caballos y multitudes de turistas. Me llamó la atención una iglesia en la cima de la loma: la Trinità dei Monti. Subí hasta ella y descubrí un mirador con una vista privilegiada de esa parte de la ciudad.

Seguí caminando, pasé por una gran plaza y la Basilica di Santa Maria del Popolo, hasta llegar a Villa Borghese, el parque urbano más grande y famoso de Roma. Con al rededor de 80 hectáreas, es un poco más pequeño que el Parque Simón Bolívar de Bogotá (que tiene 113 hectáreas), pero sigue siendo inmenso. El ambiente era agradable, lleno de parejas, grupos de amigos y niños disfrutando de picnics en las zonas verdes. Busqué la sombra de un árbol y me senté durante unos veinte minutos a respirar aire fresco y descansar de la caminata.

Cerca de las 5:00 PM empecé el retorno pasando por los barrios Ludovisi y Castro Pretorio. Llegué a Roma Termini a las 6:00 PM y seguí la ruta sugerida por Google Maps: metro hasta la estación Anagnina y luego un autobús intermunicipal hacia San Cesareo. El bus tardó en salir, por lo que llegué al pueblo alrededor de las 9:00 PM. Aproveché para comprar el desayuno del día siguiente en el supermercado y me fui directo a descansar, agotado tras otra larga jornada.

El 25 de junio desperté a las 8:30 AM con una misión clara: viajar a Milán. Como no había logrado comprar los pasajes por internet, mi plan era ir directamente a la estación para cotizar y asegurar mi traslado allí mismo. Tras ducharme y desayunar, salí hacia la parada del autobús cerca de las 10:00 AM. Después de la habitual demora del transporte local, llegué a la estación de tren Colonna Galleria. Esta vez la conexión fue rápida y, para las 11:20 AM, ya viajaba rumbo a Roma Termini.

Al bajar en Termini, consulté Google Maps para dirigirme a la Stazione di Roma Tiburtina, el punto neurálgico para viajes interurbanos donde se encuentra la terminal de autobuses Autostazione Tibus. Caminé los 2.7 kilómetros que separan ambas estaciones, un trayecto que me tomó cerca de 30 minutos.

Eran alrededor de las 2:00 PM cuando coticé las opciones. El tren de alta velocidad costaba unos 100 euros y tardaba tres horas; el autobús, en cambio, costaba 30 euros, aunque el viaje se extendía a seis horas. Sin prisa y decidido a cuidar el presupuesto, elegí la austeridad y compré mi boleto en Flixbus para la salida de las 5:00 PM.

La espera me permitió observar la terminal, que me pareció sorprendentemente pequeña y sencilla para una capital como Roma. Acostumbrado a las terminales grandes de las ciudades grandes de Colombia, me extrañó ver pocos asientos, mucha gente esperando de pie y varias personas sin hogar pidiendo dinero. Supuse que esto se debía a que la mayoría de los viajeros optan por el tren o el avión.

Finalmente, el autobús llegó a las 4:35 PM. Su destino final era Frankfurt, con paradas en Milán y Suiza. Mientras hacíamos fila para guardar el equipaje en la bodega, noté que el grupo de pasajeros era mayoritariamente joven: una mezcla de italianos, alemanes y turistas de fuera de Europa.

A las 5:00 PM partimos puntualmente de Roma. Aunque encontramos un poco de tráfico a la salida, el viaje continuó sin contratiempos. Las autopistas me impresionaron; eran amplias, nuevas y con una infraestructura de primer mundo. Durante gran parte del trayecto, las vías del tren corrían paralelas a la carretera y, cada tanto, veía pasar los trenes de alta velocidad como ráfagas. Sin embargo, debido a paradas prolongadas en Florencia y en la terminal de Bolonia, el viaje de seis horas se extendió a siete horas y media.

Llegué a Milán a las 00:30 AM del 26 de junio. Fue una llegada extraña: el autobús no entró a la terminal, sino que nos dejó en la calle, a unos 150 metros. Mientras los pocos pasajeros que bajaron conmigo tomaban taxis y desaparecían, yo me quedé allí, desorientado en la madrugada de una ciudad desconocida. Busqué la terminal en Google Maps y, aunque todo parecía cerrado, encontré una entrada donde había gente y una panadería abierta. Compré algo de comer y me senté en una silla exterior para afrontar la espera.

Mi destino final era Busto Garolfo, un pueblo a hora y media de distancia, y el transporte público no se reanudaba hasta las 5:30 AM. No tenía otra opción que resistir allí esas cinco horas. Éramos unas ocho personas en esa vigilia, incluido un grupo de jóvenes italianos. La noche se hizo eterna. Con la batería del celular al límite y reservada para usar los mapas más tarde, solo me quedaba abrazar mis maletas. Logré dormir apenas una hora; el resto del tiempo lo pasé sentado, luchando contra el aburrimiento y asumiendo las consecuencias de no haber previsto esa llegada de madrugada.

A las 5:30 AM, con la estación despejándose, caminé hacia la parada indicada por Google Maps. Debía tomar un primer autobús hacia la estación intermodal Molino Dorino y allí conectar con otro hacia Busto Garolfo. Cuando se aproximó el primer vehículo, me invadieron las dudas: no tenía tarjeta de transporte, no sabía si aceptaban efectivo y estaba solo. Ante la incertidumbre, dejé pasar el bus. Intenté buscar información en internet sin éxito, hasta que llegaron más pasajeros. Al llegar el siguiente bus, observé que todos subían sin validar nada ni pagar al conductor. Imitándolos, subí confiado, asumiendo que, al igual que en Malta, el transporte era gratuito.

Esa fue mi otra gran "primiparada" en Milán. Viajé gratis durante tres días convencido de que así funcionaba el sistema. Solo al final del viaje descubrí la verdad: no era gratis. A diferencia de Latinoamérica, allí rige un sistema de honor donde compras el boleto en quioscos antes de subir. Aunque no hay torniquetes, los inspectores (controllori) suben aleatoriamente y las multas por no tener boleto oscilan entre 40 y 100 euros. La suerte estuvo de mi lado: nunca me crucé con un inspector, pero sin saberlo, estuve jugando con fuego toda mi estancia.

Ya en la terminal intermunicipal Autostazione Molino Dorino, la escena se repitió: nadie pagaba al subir, así que hice lo mismo, asumiendo nuevamente la gratuidad del transporte. El autobús hacia Busto Garolfo dio una vuelta larga, atravesando pueblos y vastos cultivos de heno y maíz que pintaban un paisaje increíble. Me bajé a la entrada del pueblo y caminé diez minutos hasta el alojamiento.

El Airbnb estaba en una casona de tres pisos de arquitectura típica italiana. Aunque el anfitrión no estaba, empujé la puerta principal y esta se abrió. Subí las escaleras hasta el segundo piso, giré la manija de la puerta del apartamento —que estaba sin seguro— y entré. Aproveché la soledad para ducharme y descansar en la sala. Una hora después llegó el anfitrión; hicimos el check-in en un inglés básico y no tan natural y, tras dejar mis cosas, salí a buscar comida. Justo al lado encontré un local turco donde almorcé un kebab.

Cerca del mediodía partí nuevamente hacia Milán. Como ya era tarde, decidí adelantar un plan reservado para el final del viaje: visitar el estadio Giuseppe Meazza. Para mí, que crecí viendo el fútbol italiano por televisión y soy hincha del AC Milan, estar allí fue un sueño hecho realidad. El ambiente era agitado, pues preparaban un concierto para esa noche; había vallas de seguridad y gente que había acampado desde el día anterior. A pesar de los bloqueos en la zona sur, logré recorrer gran parte del perímetro y contemplar el estadio durante media hora.

Al salir, busqué un Carrefour cercano para comprar agua. Sin pensarlo, abrí un paquete de seis botellas para tomar una sola, costumbre normal en Colombia y Malta, ya que no habia encontrado botellas individuales. Un empleado me llamó la atención molesto, explicándome que eso no estaba permitido. Me disculpé avergonzado y encontré las botellas individuales en otra sección.

Continué mi recorrido hacia Tre Torri, la moderna zona empresarial de rascacielos, donde aproveché las áreas verdes para tomar un descanso del intenso sol de verano. Luego caminé hacia el centro pasando por el barrio Pagano, el Arco de la Paz y el imponente Castillo Sforzesco junto al Parque Sempione. Entré al castillo, recorrí sus patios llenos de turistas y seguí por la Vía Dante hasta llegar al Duomo de Milán y la Galería Vittorio Emanuele II. Eran las 5:30 PM; disfruté brevemente de estos símbolos de la ciudad, planeando volver al día siguiente para explorarlos con calma.

Regresé al alojamiento haciendo la ruta inversa: metro desde Cordusio y luego el autobús hacia Busto Garolfo. Tras comprar la cena en un supermercado, llegué al Airbnb y me encontré con uno de los anfitriones, un hombre de unos 35 años, tatuado y con fuerte olor a cigarrillo. Al saber que yo era de Colombia, comentó que su padre amaba mi país porque lo habían ayudado mucho. Me dio su nombre: R0cc0 M0rabit0.

Por curiosidad, lo busqué en internet. Me quedé frio al leer los resultados: decia "Narcotraficante asociado con la Mafia italiana". Traté de no mostrar ninguna reacción y seguí actuando normal mientras él hablaba de Pablo Escobar y series de Netflix. En cuanto pude, me excusé diciendo que estaba muy cansado y me encerré en la habitación. Esa noche dormí intranquilo, decidido a evitar cruzarme con él durante el resto de mi estancia.

Al día siguiente, me levanté a las 9:00 AM. Al ducharme, me llamó la atención un artefacto junto al inodoro: el bidet. Averiguando un poco, descubrí que era muy comun en los hogares italianos para la higiene personal, reemplazando en parte el uso del papel higiénico.

Tras desayunar, salí hacia Milán cerca de las 10:30 AM. El autobús tomó una ruta distinta a la habitual para llegar a la terminal Molino Dorino, pero llegué sin problemas. De allí, tomé el metro hasta la estación Cairoli y caminé hacia el barrio de Brera, uno de los rincones más elegantes y artísticos de la ciudad, donde el arte, la historia y la moda se respiran en el aire.

Vi mucha gente entrando a un edificio y descubrí que era la Pinacoteca di Brera. Al notar que la entrada era gratuita, decidí ingresar. Su arquitectura barroca y las estatuas que adornan el lugar me parecieron fascinantes. Continué mi caminata por la Vía Brera hacia el sureste hasta llegar a la Piazza della Scala. Allí, la escena se completó con el paso de un tranvía antiguo que encajaba perfectamente con la atmósfera histórica del entorno. Luego pasé nuevamente a la Galería Vittorio Emanuele II y a la Piazza del Duomo. Eran las 2:40 PM y, aunque ya había estado allí el día anterior, quise dedicar más tiempo a detallar la arquitectura y disfrutar del lugar con calma.

Con ganas de conocer más allá del centro turístico, caminé hacia el sur para recorrer las circunvalaciones de la ciudad. En el camino, alguien me entregó un panfleto de la Lotta Comunista; me pareció curioso tener ese documento en las manos, aunque no pude leerlo por estar en italiano.

A las 6:30 PM emprendí el regreso, pero decidí hacer una parada estratégica en Legnano, un pueblo cercano a Busto Garolfo con mejor oferta comercial. Fui a un supermercado Lidl para mis compras habituales de cena y desayuno, y de paso descubrí la Piazza San Magno, un lugar muy bonito que me dejó una excelente impresión de la ciudad.

Regresé al Airbnb, me duché y fui a la cocina a preparar la cena con total naturalidad, tal como lo había hecho los dos días anteriores. Sin embargo, esta vez estaba el anfitrión, quien me miró con extrañeza. Me explicó, amable pero firmemente, que el uso de la cocina no estaba incluido en mi reserva, pero que por esa ocasión me permitiría terminar. Me sentí muy apenado. Al revisar la aplicación, confirmé mi error: explícitamente decía "cocina no incluida". Por no leer bien los servicios y debido a que el inglés del anfitrión no era muy fluido, había pecado de abusivo sin querer. Terminé de cocinar rápido y me fui a dormir.

El 28 de junio amaneció con mi regreso a Malta programado para las 7:50 PM, pero aún tenía gran parte del día para una última aventura. Decidí explorar los alrededores de Busto Garolfo: primero visité el pueblo vecino Villa Cortese y luego Busto Arsizio. Este último me pareció un pueblo hermoso, y desde allí alcancé a divisar a lo lejos un punto blanco en el horizonte: eran los Alpes. Al final de la tarde, me dirigí a la estación Busto Arsizio Nord y compré un boleto de tren hacia el aeropuerto por 6 euros. El trayecto fue rápido, de apenas 20 minutos.

Llegué al aeropuerto de Malpensa alrededor de las 4:50 PM. Me acerqué a la zona de check-in y esperé hasta las 6:30 PM, hora en que nos informaron sobre un retraso. La incertidumbre se extendió hasta las 8:15 PM, cuando confirmaron la mala noticia: varios vuelos, incluido mi FR5970 de Ryanair con destino a Malta, habían sido cancelados. Aunque no hubo un comunicado oficial, escuché a un grupo de personas comentar en inglés que la causa eran unas protestas del personal del aeropuerto, lo que había dejado la operación sin suficientes empleados.

Al viajar en una aerolínea de bajo costo, no me ofrecieron hotel y, siendo ya de noche, no quise aventurarme a buscar alojamiento por mi cuenta. Mientras la multitud discutía y exigía soluciones en los mostradores, decidí ser pragmático: entré rápidamente a la aplicación de Ryanair y reprogramé mi viaje para el vuelo más cercano, que salía en 24 horas (había otro en 48 horas). Con el tiquete asegurado, me dispuse a pasar la noche en el aeropuerto.

El aeropuerto era grande y tenía flujo constante de personas. Me instalé en una sala de espera, saqué mi computadora y aproveché para adelantar pendientes; así el tiempo pasó volando. Cerca de la 1:00 AM, el sueño me venció. Vi que en un pasillo varios viajeros extendían toallas en el suelo para dormir, así que imité la estrategia. A pesar de la dureza del piso, logré dormir cinco horas, despertando a las 6 AM pasadas.

El 29 de junio se convirtió en un día de paciencia. Desayuné un Milo con un croissant en un local de aeropuerto y pasé casi todo el día frente a la computadora, intercalando el trabajo con caminatas por el aeropuerto para no aburrirme. Al mediodía, almorcé una hamburguesa con gaseosa en McDonald's.

A eso de las 5:00 PM, ocurrió algo curioso. Tenía sed y me acerqué a las máquinas expendedoras, pero el agua costaba 4 euros, un precio excesivo comparado con 1 euro que solía pagar en Malta. Justo cuando decidía no comprarla, pasó un hombre corriendo, visiblemente tarde para su vuelo. Llevaba dos botellas de agua en la mano que seguramente le quitarían en el control de seguridad. Me miró, me hizo un gesto preguntando si quería una y, ante mi respuesta afirmativa, me entregó una botella totalmente sellada. Fue un pequeño golpe de suerte que me salió gratis.

Cerca de las 6:00 PM crucé los controles de seguridad y me dirigí a la sala de espera. A las 7:00 PM comenzaron a llamarnos para abordar y, puntualmente a las 7:52 PM, el avión despegó rumbo a Malta. El vuelo duró aproximadamente dos horas; aterricé de vuelta en la isla alrededor de las 10:00 PM.

Antes de subir al avión, le había pedido un favor a mi amigo Yohan, con quien compartía apartamento: que me recogiera en el aeropuerto. Él llegó fielmente en su moto y me llevó de regreso. Finalmente, alrededor de las 10:30 PM, entré a casa, poniendo fin a esta inolvidable travesía por Italia.


Nota del autor: Esta historia y las experiencias vividas son reales y de mi autoría. Sin embargo, utilicé herramientas de Inteligencia Artificial para pulir la redacción, mejorar la gramática y asegurar que la lectura fuera más fluida.