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De Malta a la 'Dolce Vita': Mi Aventura Italiana de 2025

· 27 min de lectura
Luis Miguel Báez
Systems and Computer Engineer at UNAL and ACM-ICPC contestant

Todo comenzó mientras estudiaba inglés en Malta. Desde mi primera semana allí, quise aprovechar el tiempo al máximo. Varios compañeros de escuela, quienes ya habían visitado Italia, me comentaron lo cerca y económico que resultaba el viaje. Aquello me encendió la chispa de la curiosidad y, decidí regalarme una experiencia por mi cumpleaños, me lancé a investigar en internet a principios de febrero.

Con mi hoja de Excel, comparé precios en Google Flights, Skyscanner y Airbnb. Aunque una compañera colombiana me había recomendado Grecia con entusiasmo, buscaba la opción más asequible. Tras analizar números, la balanza se inclinó a favor de Italia. El 21 de febrero, con cuatro meses de antelación, dejé todo reservado: volaría de Malta a Roma el 22 de junio por la mañana y regresaría desde Milán el 29 por la noche. Mi alojamiento se dividiría entre una habitación privada en San Cesareo, un pueblo a hora y media de Roma en transporte público, y un hostal compartido en Busto Garolfo, al norte de Milán. El plan eran tres días para visitar Roma, un trayecto en bus hacia el norte y tres días para explorar Milán.

Finalmente, llegó el esperado 22 de junio. Había solicitado la semana de vacaciones en la escuela de ingles para viajar sin preocupaciones. El despertador sonó a las 4:00 AM; media hora después, ya estaba rumbo al aeropuerto en un taxi de Bolt. Llegué poco antes de las 5:00 AM viajando ligero, con solo una maleta pequeña para evitar los costos de bodega.

Hice el check-in, pasé los controles de seguridad y me instalé en la sala de espera a las 5:20 AM. El lugar estaba medianamente lleno y el aire vibraba con acentos italianos y malteses. Cuando el abordaje comenzó a las 6:30 AM, dejé pasar a los grupos prioritarios y me uní a la fila al final; no tenía prisa. Tras la revisión de mi tiquete y pasaporte, caminé por la pista y subí las escaleras hacia el avión.

Despegamos hacia Roma alrededor de las 7:50 AM. El clima de verano era inmejorable, con un cielo despejado y escasas nubes. Desde mi asiento junto a la ventana, me despedí de Malta viendo la isla desde las alturas. Poco después, el paisaje cambió y aparecieron las tierras italianas: un paisaje verde de parcelas rectangulares y pequeños pueblos que se divisaban a lo lejos.

Aterrizamos con éxito en el Aeropuerto Internacional Leonardo da Vinci – Roma-Fiumicino cerca de las 9:30 AM. Apenas toqué tierra, activé mis datos móviles de Epic; afortunadamente, el servicio funcionaba en toda la Unión Europea, por lo que no fue necesario comprar una eSIM. Al revisar mi ubicación, noté que me encontraba a unos 30 kilómetros de la ciudad. Consulté con ChatGPT cuál era la mejor manera de llegar y su sugerencia fue clara: debía tomar el tren.

Me dejé llevar por la marea de gente y, efectivamente, todos se dirigían hacia la estación. Tras una larga fila en las máquinas automáticas, compré el boleto. Me costó 14 euros, un gasto no presupuestado debido a la tarifa de aeropuerto, pero al no tener alternativa, pagué y abordé. El tren de TrenItalia era muy moderno y viajaba a media capacidad. Compartí el vagón con un grupo de viajeros polacos; parecían sacerdotes jóvenes, de entre 25 y 30 años, pues llevaban la cinta blanca en el cuello, aunque con cuerpos atléticos de muchos meses de gimnasio. Hablaban en su idioma, probablemente Polaco, así que me dediqué a observar el paisaje por la ventana. Fue allí donde tuve mi primer choque visual: el tren cruzaba zonas hermosas, pero también áreas que parecían decaídas, sucias y viejas.

A las 10:50 AM arribamos a Roma Termini, la estación principal y corazón ferroviario de la ciudad, desde donde parten trenes locales y nacionales. Salí en busca de desayuno y encontré varios locales de comida rápida; opté por una pizza y una gaseosa. Eran ya las 11:30 AM, un poco tarde para mi plan original de recorrer el centro histórico, así que activé el plan secundario: visitar el Estadio Olímpico. Como gran aficionado al fútbol italiano, ver ese estadio era un sueño de mi infancia.

Miré en Google Maps que indicaba una distancia de 6.4 kilómetros. A pesar de los 30 grados de temperatura, me sentía lleno de energía y decidí ir caminando. El trayecto me fascinó; disfruté la arquitectura, el contraste entre lo antiguo y lo moderno, las zonas verdes y el modelo urbanístico de Roma. Sin embargo, el calor del verano era sofocante y me obligaba a detenerme cada 500 metros. Para colmo, la caminata fue pesada porque aún cargaba con todo mi equipaje, ya que no había pasado por el Airbnb. En el camino, paré en un supermercado para comprar provisiones de sándwiches, jugo y agua, lo que sumó peso a mi carga, pero no impidió que tomara muchas fotos y tratara de disfrutar cada paso de la experiencia.

Finalmente, alrededor de la 1:50 PM, el imponente Estadio Olímpico apareció ante mí. Aunque se encontraba en obras de mantenimiento y unas vallas de seguridad me impedían acercarme a menos de 15 metros, la emoción seguía intacta. Tomé varias fotos y llamé a mi madre y a mi padrastro para compartir el momento; en Colombia eran apenas las 6:50 AM, pero ellos estaban atentos a mi aventura. Busqué la sombra de un árbol y me senté a preparar mis sándwiches. Allí pasé una hora y media, comiendo tranquilo y contemplando aquel lugar que tantas veces había visto por televisión.

A las 3:40 PM emprendí el regreso a pie hacia Roma Termini. Disfruté el recorrido por las zonas residenciales, observando la vida cotidiana de los romanos lejos del bullicio turístico. Llegué a la estación cerca de las 5:30 PM y organicé mi traslado al Airbnb. La mejor opción era tomar el tren regional 12593 con destino a Frosinone y bajarme en la estación Zagarolo. Como mi tren no salía hasta las 7:40 PM, aproveché para explorar la estación y descansar un poco.

El viaje en tren comenzó casi puntual a las 7:42 PM. El vagón iba a media capacidad, lleno de voces locales que confirmaban que me alejaba de la zona turística. Gracias al verano, el sol aún iluminaba el paisaje; vi pasar pueblos de arquitectura de primer nivel y mucha vegetación, disfrutando de una Italia más auténtica.

Llegué a la estación de Zagarolo a las 8:20 PM. Bajé junto a unas treinta personas, en su mayoría jóvenes y adultos mayores. Al revisar Google Maps, me llevé una desagradable sorpresa: había perdido el autobús de conexión y el siguiente tardaría una hora en pasar. En la parada había un grupo de chicos fumando que no me daba buena espina; su actitud y apariencia me hicieron sentir inseguro. Decidí no arriesgarme a esperar allí. El mapa indicaba que mi destino, San Cesareo, estaba a 5 kilómetros, unos 50 minutos a pie. Avisé a mi anfitriona y comencé a caminar.

Fue mi primera "primiparada" en Europa. Aunque la zona era hermosa, llena de casas campestres y muy verde, la carretera era angosta, de doble vía y carecía de aceras. La caminata se volvió tensa cuando casi me atropella un auto; afortunadamente, mis reflejos evitaron un accidente grave. Entre el susto, el cansancio acumulado del día y la oscuridad que empezaba a caer, sentí miedo por primera vez en el viaje.

Finalmente, a las 8:55 PM, llegué al pueblo de San Cesareo. El lugar superó mis expectativas: limpio, seguro y con una arquitectura encantadora que me devolvió la calma. Tras unas últimas indicaciones de la anfitriona para encontrar la casa exacta, ingresé al alojamiento a las 9:04 PM, justo cuando el sol terminaba de ocultarse en el horizonte.

El 23 de junio desperté cerca de las 8:00 AM. Como había olvidado hacer compras la noche anterior, salí de inmediato en busca de provisiones. Por suerte, encontré un supermercado Maury's a solo 500 metros. Coloque en el carrito yogur natural, pan, jamón, queso, frutos secos y agua. Al salir, improvisé un desayuno preparando mis sándwiches mientras buscaba en Google Maps la mejor ruta hacia Roma.

La aplicación me indicó tomar un autobús intermunicipal hasta la estación de tren más cercana. Caminé hasta la parada y esperé media hora. El ambiente era muy local: me rodeaban adultos mayores, niños y un padre e hijo de raíces africanas que conversaban en un italiano fluido y natural. Cuando llegó el autobús, dejé subir primero a los demás por cortesía. Aunque iba casi lleno, logré ocupar uno de los dos últimos asientos libres. Era un vehículo moderno, de no más de tres años de uso.

Tras diez minutos de viaje, bajé y caminé unos 300 metros cuesta arriba hasta la estación de tren Colonna Galleria. Al llegar, el lugar estaba desierto, salvo por un empleado de limpieza. Confundido sobre en qué andén debía esperar, usé ChatGPT para traducir mi pregunta al italiano. Le leí la frase tal cual y, aunque sonó algo forzado, el señor entendió y me señaló amablemente: "Da questa parte" ("De esta parte").

Eran las 10:20 AM y el siguiente tren a Roma tardaría 40 minutos, así que no tuve más remedio que esperar. Mientras tanto, vi pasar dos trenes de carga transportando automóviles y, poco a poco, llegaron más pasajeros. Finalmente, el tren apareció y se detuvo apenas un minuto. Subí rápido y conseguí un asiento junto a la ventana; el vagón iba al rededor de 40% de su capacidad. Disfruté muchísimo el trayecto, viendo campos verdes y pequeños pueblos, sintiendo que vivía una experiencia auténtica, más allá del turismo tradicional.

Entre 30 y 40 minutos después llegué nuevamente a Roma Termini. Mi primer objetivo era claro: el Coliseo Romano. Estaba a solo 1.7 km, unos 25 minutos a pie, así que me lancé a caminar. En la ruta me detuve brevemente ante la Basilica Papale di Santa Maria Maggiore para tomar fotos. La emoción crecía con cada paso; recordaba cómo veía Roma en la televisión de niño y no podía creer que ahora estuviera allí, a metros de uno de los lugares más icónicos de la humanidad.

De repente, doblé una esquina y allí estaba: el imponente Coliseo Romano (Anfiteatro Flavio). Me senté en una banca vacía a contemplarlo, procesando el momento. Luego, divisé un mirador en un pequeño cerro frente al monumento y subí en busca de mejores ángulos. El sol de verano golpeaba fuerte, entre 30 y 35 grados, así que busqué refugio bajo el primer árbol que encontré para descansar unos diez minutos. Desde allí, la vista era espectacular y, al haber poca gente, aproveché para tomar varias fotos.

Bajé con la intención de ingresar, pero eran las 12:40 PM y la fila para comprar boletos era interminable. Si esperaba, perdería todo el día, así que decidí sacrificar la entrada para conocer otros sitios. Me conformé con rodearlo, aunque solo pude recorrer gran parte del perímetro ya que un sector estaba cerrado por mantenimiento. Tras disfrutar el paseo exterior, busqué un supermercado cercano y caminé cuatro cuadras hasta un Carrefour Express. Allí compré una porción de pizza para llevar, snacks y una lata de cerveza Heineken (aprendí que en italiano cerveza se dice "Birra"). Pagué en la caja comunicándome en inglés y salí listo para continuar la aventura.

Regresé hacia el Coliseo y busqué un banco público para comer. Mientras disfrutaba mi pizza y la cerveza, un policía pasó y se me quedó mirando fijamente. Siguió su camino sin decir nada, pero luego recordé haber escuchado que consumir alcohol en la vía pública estaba prohibido. Probablemente, me salvé de una multa gracias a ser turista.

Crucé hacia el Parco Archeologico del Colosseo. Dediqué unos minutos a admirarlo, tomar fotos y leer sobre su historia en internet. Continué mi caminata por la zona histórica hasta llegar, cerca de las 2:20 PM, al Monumento a Vittorio Emanuele II. Lucía impecable, casi nuevo, pero el sol estaba fuerte y la falta de sombra me empujó a seguir hacia mi siguiente destino: la Ciudad del Vaticano.

A pesar del calor, estaba enamorado de la arquitectura romana. Caminé 3.1 kilómetros a ritmo medio para no perder detalle y llegué a la Plaza de San Pedro alrededor de las 3:30 PM. Había mucha gente y una larga fila para entrar. Los controles de seguridad eran estrictos, similares a los de un aeropuerto, con detector de metales y escáner de equipaje. Afortunadamente, pasé sin problemas con mi pequeña mochila.

Ya dentro, noté que la plaza tenía sectores restringidos, llenos de sillas y pantallas gigantes. La gente comentaba sobre la posesión del nuevo Papa, León XIV, ocurrida hacía poco más de un mes. Me dirigí a la Basílica de San Pedro. Al cruzar el umbral, la belleza del lugar me dejó sin palabras. Mosaicos, pinturas, mármol y detalles dorados cubrían cada rincón, transmitiendo una paz inmensa. Sin duda, es la iglesia más majestuosa y sobrecogedora que he pisado en mi vida.

Tras un buen rato allí, continué hacia la Passeggiata del Gianicolo, una gran zona verde en una colina cercana. Caminé unos 20 minutos hasta el Faro del Gianicolo y aproveché el mirador para descansar del calor sofocante y contemplar Roma desde las alturas. Luego descendí hacia el Trastevere, un barrio encantador de calles empedradas y restaurantes.

Cerca de las 6:00 PM, Google Maps me indicó que la mejor ruta de regreso era tomar el metro hasta la estación Anagnina y allí conectar con un bus. El metro iba lleno por la hora pico y me tocó viajar de pie. Al llegar a Anagnina, seguí a la multitud y encontré la bahía 8, donde debía esperar mi bus hacia San Cesareo. Tras 30 minutos de espera, abordé el bus que iba a media capacidad. El trayecto atravesó zonas rurales y pequeños pueblos, fue tranquilo.

Llegué a San Cesareo a las 9:00 PM. Por suerte, el supermercado seguía abierto, así que compré lo necesario para la cena y el desayuno siguiente. Al entrar al Airbnb, la casa estaba en silencio. Me duché para quitarme el cansancio de encima; al revisar mi celular, vi que había caminado 22.7 kilómetros (casi 29,000 pasos). Preparé una cena sencilla de huevos con jugo de naranja y pan, y alrededor de las 11:00 PM, finalmente me fuí a descansar.

El 24 de junio me levanté a las 9:00 AM. Tras ducharme y desayunar, salí de la casa hacia Roma cerca de las 10:00 AM. Repetí la rutina del día anterior, aunque esta vez la paciencia fue clave: tanto el bus hacia la estación como el tren en Colonna Galleria se retrasaron bastante (unos 30 minutos). Sin embargo, no tenía prisa, así que me tomé el viaje con calma y llegué a Roma Termini alrededor del mediodía.

Mi plan era recorrer el centro histórico, pasando por los barrios Monti y Trevi. En este último, decidí buscar una auténtica experiencia culinaria. Entré a un restaurante que lucía bien y pedí una clásica Pasta alla Carbonara (con queso parmesano y cerdo curado), acompañada de café y jugo de naranja. El lugar estaba tranquilo y el servicio fue rápido. La pasta resultó exquisita: cremosa, con un toque ahumado perfecto y una salsa deliciosa. Fue uno de los platos más sabrosos que he probado, pero tenía un gran defecto: la porción era diminuta para mi apetito habitual. Quedé con hambre, así que pagué la cuenta y fui directo a un supermercado cercano a comprar snacks para complementar el almuerzo.

A solo dos cuadras encontré la Fontana di Trevi. El lugar era espectacular, impecable y, como era de esperarse, estaba lleno de gente. Hacía un calor intenso y las sombras escaseaban, pero me quedé unos quince minutos admirando el sitio y tomando fotos. Continué mi ruta por Campo Marzio hacia la Piazza di Spagna, donde vi carruajes de caballos y multitudes de turistas. Me llamó la atención una iglesia en la cima de la loma: la Trinità dei Monti. Subí hasta ella y descubrí un mirador con una vista privilegiada de esa parte de la ciudad.

Seguí caminando, pasé por una gran plaza y la Basilica di Santa Maria del Popolo, hasta llegar a Villa Borghese, el parque urbano más grande y famoso de Roma. Con al rededor de 80 hectáreas, es un poco más pequeño que el Parque Simón Bolívar de Bogotá (que tiene 113 hectáreas), pero sigue siendo inmenso. El ambiente era agradable, lleno de parejas, grupos de amigos y niños disfrutando de picnics en las zonas verdes. Busqué la sombra de un árbol y me senté durante unos veinte minutos a respirar aire fresco y descansar de la caminata.

Cerca de las 5:00 PM empecé el retorno pasando por los barrios Ludovisi y Castro Pretorio. Llegué a Roma Termini a las 6:00 PM y seguí la ruta sugerida por Google Maps: metro hasta la estación Anagnina y luego un autobús intermunicipal hacia San Cesareo. El bus tardó en salir, por lo que llegué al pueblo alrededor de las 9:00 PM. Aproveché para comprar el desayuno del día siguiente en el supermercado y me fui directo a descansar, agotado tras otra larga jornada.

El 25 de junio desperté a las 8:30 AM con una misión clara: viajar a Milán. Como no había logrado comprar los pasajes por internet, mi plan era ir directamente a la estación para cotizar y asegurar mi traslado allí mismo. Tras ducharme y desayunar, salí hacia la parada del autobús cerca de las 10:00 AM. Después de la habitual demora del transporte local, llegué a la estación de tren Colonna Galleria. Esta vez la conexión fue rápida y, para las 11:20 AM, ya viajaba rumbo a Roma Termini.

Al bajar en Termini, consulté Google Maps para dirigirme a la Stazione di Roma Tiburtina, el punto neurálgico para viajes interurbanos donde se encuentra la terminal de autobuses Autostazione Tibus. Caminé los 2.7 kilómetros que separan ambas estaciones, un trayecto que me tomó cerca de 30 minutos.

Eran alrededor de las 2:00 PM cuando coticé las opciones. El tren de alta velocidad costaba unos 100 euros y tardaba tres horas; el autobús, en cambio, costaba 30 euros, aunque el viaje se extendía a seis horas. Sin prisa y decidido a cuidar el presupuesto, elegí la austeridad y compré mi boleto en Flixbus para la salida de las 5:00 PM.

La espera me permitió observar la terminal, que me pareció sorprendentemente pequeña y sencilla para una capital como Roma. Acostumbrado a las terminales grandes de las ciudades grandes de Colombia, me extrañó ver pocos asientos, mucha gente esperando de pie y varias personas sin hogar pidiendo dinero. Supuse que esto se debía a que la mayoría de los viajeros optan por el tren o el avión.

Finalmente, el autobús llegó a las 4:35 PM. Su destino final era Frankfurt, con paradas en Milán y Suiza. Mientras hacíamos fila para guardar el equipaje en la bodega, noté que el grupo de pasajeros era mayoritariamente joven: una mezcla de italianos, alemanes y turistas de fuera de Europa.

A las 5:00 PM partimos puntualmente de Roma. Aunque encontramos un poco de tráfico a la salida, el viaje continuó sin contratiempos. Las autopistas me impresionaron; eran amplias, nuevas y con una infraestructura de primer mundo. Durante gran parte del trayecto, las vías del tren corrían paralelas a la carretera y, cada tanto, veía pasar los trenes de alta velocidad como ráfagas. Sin embargo, debido a paradas prolongadas en Florencia y en la terminal de Bolonia, el viaje de seis horas se extendió a siete horas y media.

Llegué a Milán a las 00:30 AM del 26 de junio. Fue una llegada extraña: el autobús no entró a la terminal, sino que nos dejó en la calle, a unos 150 metros. Mientras los pocos pasajeros que bajaron conmigo tomaban taxis y desaparecían, yo me quedé allí, desorientado en la madrugada de una ciudad desconocida. Busqué la terminal en Google Maps y, aunque todo parecía cerrado, encontré una entrada donde había gente y una panadería abierta. Compré algo de comer y me senté en una silla exterior para afrontar la espera.

Mi destino final era Busto Garolfo, un pueblo a hora y media de distancia, y el transporte público no se reanudaba hasta las 5:30 AM. No tenía otra opción que resistir allí esas cinco horas. Éramos unas ocho personas en esa vigilia, incluido un grupo de jóvenes italianos. La noche se hizo eterna. Con la batería del celular al límite y reservada para usar los mapas más tarde, solo me quedaba abrazar mis maletas. Logré dormir apenas una hora; el resto del tiempo lo pasé sentado, luchando contra el aburrimiento y asumiendo las consecuencias de no haber previsto esa llegada de madrugada.

A las 5:30 AM, con la estación despejándose, caminé hacia la parada indicada por Google Maps. Debía tomar un primer autobús hacia la estación intermodal Molino Dorino y allí conectar con otro hacia Busto Garolfo. Cuando se aproximó el primer vehículo, me invadieron las dudas: no tenía tarjeta de transporte, no sabía si aceptaban efectivo y estaba solo. Ante la incertidumbre, dejé pasar el bus. Intenté buscar información en internet sin éxito, hasta que llegaron más pasajeros. Al llegar el siguiente bus, observé que todos subían sin validar nada ni pagar al conductor. Imitándolos, subí confiado, asumiendo que, al igual que en Malta, el transporte era gratuito.

Esa fue mi otra gran "primiparada" en Milán. Viajé gratis durante tres días convencido de que así funcionaba el sistema. Solo al final del viaje descubrí la verdad: no era gratis. A diferencia de Latinoamérica, allí rige un sistema de honor donde compras el boleto en quioscos antes de subir. Aunque no hay torniquetes, los inspectores (controllori) suben aleatoriamente y las multas por no tener boleto oscilan entre 40 y 100 euros. La suerte estuvo de mi lado: nunca me crucé con un inspector, pero sin saberlo, estuve jugando con fuego toda mi estancia.

Ya en la terminal intermunicipal Autostazione Molino Dorino, la escena se repitió: nadie pagaba al subir, así que hice lo mismo, asumiendo nuevamente la gratuidad del transporte. El autobús hacia Busto Garolfo dio una vuelta larga, atravesando pueblos y vastos cultivos de heno y maíz que pintaban un paisaje increíble. Me bajé a la entrada del pueblo y caminé diez minutos hasta el alojamiento.

El Airbnb estaba en una casona de tres pisos de arquitectura típica italiana. Aunque el anfitrión no estaba, empujé la puerta principal y esta se abrió. Subí las escaleras hasta el segundo piso, giré la manija de la puerta del apartamento —que estaba sin seguro— y entré. Aproveché la soledad para ducharme y descansar en la sala. Una hora después llegó el anfitrión; hicimos el check-in en un inglés básico y no tan natural y, tras dejar mis cosas, salí a buscar comida. Justo al lado encontré un local turco donde almorcé un kebab.

Cerca del mediodía partí nuevamente hacia Milán. Como ya era tarde, decidí adelantar un plan reservado para el final del viaje: visitar el estadio Giuseppe Meazza. Para mí, que crecí viendo el fútbol italiano por televisión y soy hincha del AC Milan, estar allí fue un sueño hecho realidad. El ambiente era agitado, pues preparaban un concierto para esa noche; había vallas de seguridad y gente que había acampado desde el día anterior. A pesar de los bloqueos en la zona sur, logré recorrer gran parte del perímetro y contemplar el estadio durante media hora.

Al salir, busqué un Carrefour cercano para comprar agua. Sin pensarlo, abrí un paquete de seis botellas para tomar una sola, costumbre normal en Colombia y Malta, ya que no habia encontrado botellas individuales. Un empleado me llamó la atención molesto, explicándome que eso no estaba permitido. Me disculpé avergonzado y encontré las botellas individuales en otra sección.

Continué mi recorrido hacia Tre Torri, la moderna zona empresarial de rascacielos, donde aproveché las áreas verdes para tomar un descanso del intenso sol de verano. Luego caminé hacia el centro pasando por el barrio Pagano, el Arco de la Paz y el imponente Castillo Sforzesco junto al Parque Sempione. Entré al castillo, recorrí sus patios llenos de turistas y seguí por la Vía Dante hasta llegar al Duomo de Milán y la Galería Vittorio Emanuele II. Eran las 5:30 PM; disfruté brevemente de estos símbolos de la ciudad, planeando volver al día siguiente para explorarlos con calma.

Regresé al alojamiento haciendo la ruta inversa: metro desde Cordusio y luego el autobús hacia Busto Garolfo. Tras comprar la cena en un supermercado, llegué al Airbnb y me encontré con uno de los anfitriones, un hombre de unos 35 años, tatuado y con fuerte olor a cigarrillo. Al saber que yo era de Colombia, comentó que su padre amaba mi país porque lo habían ayudado mucho. Me dio su nombre: R0cc0 M0rabit0.

Por curiosidad, lo busqué en internet. Me quedé frio al leer los resultados: decia "Narcotraficante asociado con la Mafia italiana". Traté de no mostrar ninguna reacción y seguí actuando normal mientras él hablaba de Pablo Escobar y series de Netflix. En cuanto pude, me excusé diciendo que estaba muy cansado y me encerré en la habitación. Esa noche dormí intranquilo, decidido a evitar cruzarme con él durante el resto de mi estancia.

Al día siguiente, me levanté a las 9:00 AM. Al ducharme, me llamó la atención un artefacto junto al inodoro: el bidet. Averiguando un poco, descubrí que era muy comun en los hogares italianos para la higiene personal, reemplazando en parte el uso del papel higiénico.

Tras desayunar, salí hacia Milán cerca de las 10:30 AM. El autobús tomó una ruta distinta a la habitual para llegar a la terminal Molino Dorino, pero llegué sin problemas. De allí, tomé el metro hasta la estación Cairoli y caminé hacia el barrio de Brera, uno de los rincones más elegantes y artísticos de la ciudad, donde el arte, la historia y la moda se respiran en el aire.

Vi mucha gente entrando a un edificio y descubrí que era la Pinacoteca di Brera. Al notar que la entrada era gratuita, decidí ingresar. Su arquitectura barroca y las estatuas que adornan el lugar me parecieron fascinantes. Continué mi caminata por la Vía Brera hacia el sureste hasta llegar a la Piazza della Scala. Allí, la escena se completó con el paso de un tranvía antiguo que encajaba perfectamente con la atmósfera histórica del entorno. Luego pasé nuevamente a la Galería Vittorio Emanuele II y a la Piazza del Duomo. Eran las 2:40 PM y, aunque ya había estado allí el día anterior, quise dedicar más tiempo a detallar la arquitectura y disfrutar del lugar con calma.

Con ganas de conocer más allá del centro turístico, caminé hacia el sur para recorrer las circunvalaciones de la ciudad. En el camino, alguien me entregó un panfleto de la Lotta Comunista; me pareció curioso tener ese documento en las manos, aunque no pude leerlo por estar en italiano.

A las 6:30 PM emprendí el regreso, pero decidí hacer una parada estratégica en Legnano, un pueblo cercano a Busto Garolfo con mejor oferta comercial. Fui a un supermercado Lidl para mis compras habituales de cena y desayuno, y de paso descubrí la Piazza San Magno, un lugar muy bonito que me dejó una excelente impresión de la ciudad.

Regresé al Airbnb, me duché y fui a la cocina a preparar la cena con total naturalidad, tal como lo había hecho los dos días anteriores. Sin embargo, esta vez estaba el anfitrión, quien me miró con extrañeza. Me explicó, amable pero firmemente, que el uso de la cocina no estaba incluido en mi reserva, pero que por esa ocasión me permitiría terminar. Me sentí muy apenado. Al revisar la aplicación, confirmé mi error: explícitamente decía "cocina no incluida". Por no leer bien los servicios y debido a que el inglés del anfitrión no era muy fluido, había pecado de abusivo sin querer. Terminé de cocinar rápido y me fui a dormir.

El 28 de junio amaneció con mi regreso a Malta programado para las 7:50 PM, pero aún tenía gran parte del día para una última aventura. Decidí explorar los alrededores de Busto Garolfo: primero visité el pueblo vecino Villa Cortese y luego Busto Arsizio. Este último me pareció un pueblo hermoso, y desde allí alcancé a divisar a lo lejos un punto blanco en el horizonte: eran los Alpes. Al final de la tarde, me dirigí a la estación Busto Arsizio Nord y compré un boleto de tren hacia el aeropuerto por 6 euros. El trayecto fue rápido, de apenas 20 minutos.

Llegué al aeropuerto de Malpensa alrededor de las 4:50 PM. Me acerqué a la zona de check-in y esperé hasta las 6:30 PM, hora en que nos informaron sobre un retraso. La incertidumbre se extendió hasta las 8:15 PM, cuando confirmaron la mala noticia: varios vuelos, incluido mi FR5970 de Ryanair con destino a Malta, habían sido cancelados. Aunque no hubo un comunicado oficial, escuché a un grupo de personas comentar en inglés que la causa eran unas protestas del personal del aeropuerto, lo que había dejado la operación sin suficientes empleados.

Al viajar en una aerolínea de bajo costo, no me ofrecieron hotel y, siendo ya de noche, no quise aventurarme a buscar alojamiento por mi cuenta. Mientras la multitud discutía y exigía soluciones en los mostradores, decidí ser pragmático: entré rápidamente a la aplicación de Ryanair y reprogramé mi viaje para el vuelo más cercano, que salía en 24 horas (había otro en 48 horas). Con el tiquete asegurado, me dispuse a pasar la noche en el aeropuerto.

El aeropuerto era grande y tenía flujo constante de personas. Me instalé en una sala de espera, saqué mi computadora y aproveché para adelantar pendientes; así el tiempo pasó volando. Cerca de la 1:00 AM, el sueño me venció. Vi que en un pasillo varios viajeros extendían toallas en el suelo para dormir, así que imité la estrategia. A pesar de la dureza del piso, logré dormir cinco horas, despertando a las 6 AM pasadas.

El 29 de junio se convirtió en un día de paciencia. Desayuné un Milo con un croissant en un local de aeropuerto y pasé casi todo el día frente a la computadora, intercalando el trabajo con caminatas por el aeropuerto para no aburrirme. Al mediodía, almorcé una hamburguesa con gaseosa en McDonald's.

A eso de las 5:00 PM, ocurrió algo curioso. Tenía sed y me acerqué a las máquinas expendedoras, pero el agua costaba 4 euros, un precio excesivo comparado con 1 euro que solía pagar en Malta. Justo cuando decidía no comprarla, pasó un hombre corriendo, visiblemente tarde para su vuelo. Llevaba dos botellas de agua en la mano que seguramente le quitarían en el control de seguridad. Me miró, me hizo un gesto preguntando si quería una y, ante mi respuesta afirmativa, me entregó una botella totalmente sellada. Fue un pequeño golpe de suerte que me salió gratis.

Cerca de las 6:00 PM crucé los controles de seguridad y me dirigí a la sala de espera. A las 7:00 PM comenzaron a llamarnos para abordar y, puntualmente a las 7:52 PM, el avión despegó rumbo a Malta. El vuelo duró aproximadamente dos horas; aterricé de vuelta en la isla alrededor de las 10:00 PM.

Antes de subir al avión, le había pedido un favor a mi amigo Yohan, con quien compartía apartamento: que me recogiera en el aeropuerto. Él llegó fielmente en su moto y me llevó de regreso. Finalmente, alrededor de las 10:30 PM, entré a casa, poniendo fin a esta inolvidable travesía por Italia.


Nota del autor: Esta historia y las experiencias vividas son reales y de mi autoría. Sin embargo, utilicé herramientas de Inteligencia Artificial para pulir la redacción, mejorar la gramática y asegurar que la lectura fuera más fluida.